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21-02-2008  Reportaje  
Perú: mi esperanza y mi razón de existir
Durante los decenios de 1980 y 1990, el Perú vivió un conflicto armado interno en el que se enfrentaron las fuerzas militares y policiales y grupos alzados en armas. En la actualidad, se estima que unas 13.000 personas resultaron desaparecidas durante esos años, ocasionando a los familiares angustia e incertidumbre que duran hasta hoy. Juana Huaytalla Méndez, que ha participado de los grupos de apoyo psicosocial realizados por la Red para la Infancia y la Familia con apoyo del CICR, cuenta su historia.

© CICR/Heger, Boris, 11/08/2004
Juana Huaytalla Méndez conversa con una colaboradora del CICR

Mi nombre es Juana Huaytalla Méndez. Tengo 45 años de edad. Radico en Lima desde 1982, pero nací y viví parte de mi niñez en Ayacucho. Durante el conflicto armado interno (1980-2000) perdí a mi madre. Ella se llamaba María Méndez, tenía 31 años de edad cuando despareció de mi casa un 16 de julio de 1984. A partir de esa fecha he luchado con todas mis fuerzas para saber qué fue lo que le ocurrió, pero sin resultados positivos.

Hasta hace 10 años tenía muchas ilusiones de encontrar a mi madre con vida. Ahora, después de tanto buscarla y no hallarla, mis esperanzas han disminuido. En el 2005, la Defensoría del Pueblo de Lima publicó una relación con los nombres de las personas desparecidas durante el conflicto armado interno, pero no hallé el de mi mamá. La decepción fue tan dolorosa que sentí como si me hubieran clavado un puñal en el pecho. Pensé que de nada había valido tanto esfuerzo hecho hasta ese instante. Esta era la segunda vez que pasaba por lo mismo, pues unos años atrás encontré el nombre de mi mamá en una lista pegada en la pared de un centro penal de Lima, pero al ir a buscarla, no se trataba de ella sino de otra persona.

"Mi vida sería hoy menos complicada si acaso hubiera visto morir a mi madre"

Mi vida sería hoy menos complicada si acaso la hubiera visto morir por causas naturales. Confieso que últimamente he querido darme por vencida, pero luego me levanto y sigo bregando en busca de la verdad. Es duro pasar por esto, porque la incertidumbre genera mucho sufrimiento.

Ahora mis hijas están grandes. Ellas son mi fuerza y mi apoyo diario. Cuando les hablo sobre mi madre siempre acabo llorando, porque me da pena el hecho de que ellas no la hayan conocido. Muchas veces me dicen que quieren conocer la tierra donde nací, pero yo me resisto a volver. Una vez, hace años, regresé al lugar, pero me volví rápido a Lima, porque los recuerdos y el dolor por la tragedia volvieron a mi cabeza de inmediato y no los pude soportar.

A lo largo de todos estos años de búsqueda he cambiado mucho. Antes era muy callada, casi no hablaba y siempre estaba como escondida de los demás. Ahora digo de frente lo que pienso y siento, y participo con frecuencia en marchas junto con otras mujeres que están pasando por la amarga experiencia de tener un pariente desaparecido. Con ellas descubrí que no era la única que sufría, sino que somos muchas las que llevamos ese inmenso dolor en nuestros corazones.

Sin embargo, gracias a ellas aprendí a hacer cosas nuevas para sostener económicamente a mi familia. Al principio, pintábamos cuadros sobre las cosas que vivimos: el horror de la violencia, el dolor de nuestros pueblos y los entierros, así como algunas costumbres de nuestros antepasados relacionadas con la muerte. Con el transcurrir del tiempo, nuestros temas se fueron haciendo más positivos. Ahora pintamos paisajes donde reinan la naturaleza, los animales, el trabajo en la agricultura y el pastoreo, entre otros.

Si bien mi vida ha cambiado, no he dejado de pensar ni un minuto en mi madre y en la posibilidad de encontrarla con vida algún día o, tan siquiera, saber qué fue lo que le pasó. Esa es mi esperanza y mi razón de existir. Definitivamente, no puedo olvidarla.

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21-02-2008