"Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar". Estos versos de Antonio Machado –que tu leías, Julio, con los ojos del corazón– te condujeron hasta Afganistán.
En Herat se cruzaron nuestros caminos sobre la arena, y no sobre el mar. Yo reconocí en seguida en tí a un enamorado furtivo de las estrellas.
Antiguo marino, con un corazón desbordante de vida como brújula, no estabas hecho para los horarios urbanos que dictan las sirenas de las fábricas.
Preferías el tiempo no domesticado, abierto ante ti, sólo ordenado por el deseo de hacer las cosas bien. Tú estabas siempre manos a la obra, examinando, observando, mejorando lo que podía mejorarse, porque no sabías trabajar escatimando esfuerzos.
Te gustaban las cosas simples, la alegría jovial que da el mundo a los hombres que siguen el camino que se habían trazado. Poseías también ese sentido del humor discreto que el tiempo otorga a la edad y a la experiencia.
Recuerdo aquellas mañanas en que el azul del cielo se vertía en nuestras tazas de café y en que el sol formaba manchas de oro sobre la mesa del comedor, entre nuestras risas y preguntas sin respuesta.
No llevabas tus convicciones en la solapa, como una rosa arrogante, sino como un viejo papel plegado, amarillento, olvidado en el fondo de una cartera desechada, como una carta de amor, de un amor de juventud, que reencontramos de repente y que nos recuerda que el amor es más fuerte que la muerte.
Hoy somos muchos, Julio –tu familia, tus amigos, tus colegas y todos aquellos a los que la marcha del mundo no les es indiferente–, los que te acompañamos con nuestro corazón por caminos que nos son inaccesibles.
Tú estás presente, Julio. Sólo te has adelantado un poco.
Cuando desaparece un hombre como tú, toda la comunidad humana se empobrece.
Adiós, Julio.
Juan Martinez
Agregado de prensa
para Africa