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Chad: las minas terrestres no distinguen entre civiles y combatientes

24-06-2014 Reportaje

La guerra de 1973 contra Libia y 30 años de conflictos internos han dejado a Chad infestado de minas antipersonal y antivehículo, enemigos con frecuencia invisibles aunque letales. A muchos sobrevivientes se les hace difícil recibir la atención que necesitan. Tras recibir capacitación del CICR, Anatole, también sobreviviente de una mina, hoy fabrica prótesis ortopédicas.

Anatole y su colega François preparando una pierna ortopédica.© ICRC / Lucas

No obstante las medidas positivas adoptadas por el Gobierno de Chad, que en 1999 ratificó la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal, aún se desconoce con precisión la magnitud de la contaminación por minas en el país. Siguen ocurriendo accidentes, especialmente en Tibesti y Wadi Fira, zonas desérticas del norte, donde la remoción sistemática de minas todavía está pendiente.

Un taller de la esperanza: piernas ortopédicas recién fabricadas en el centro de rehabilitación física de N’Djamena. 

Un taller de la esperanza: piernas ortopédicas recién fabricadas en el centro de rehabilitación física de N’Djamena.
© CICR / Lucas

Alexandre Ratebaye, Director del Departamento de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chad, sostiene que las minas terrestres son inhumanas y  no deberían emplearse como medio de guerra. “Despejar las áreas contaminadas sigue siendo uno de los mayores desafíos para Chad, tanto en términos de salvar vidas como de promover el desarrollo.”

Opciones limitadas

Para las víctimas de las minas en Chad que necesitan extremidades ortopédicas o prótesis, las opciones son limitadas. De una superficie mayor a la de Francia y España juntas, Chad cuenta solo con dos centros de rehabilitación, uno en la capital N’Djamena y el otro en la ciudad sureña de Moundou, y ambos luchan permanentemente por conseguir fuentes regulares de financiación. No existen centros de rehabilitación en las zonas más contaminadas del norte y el noreste, y resulta muy complicado el traslado de las víctimas que sobreviven a sus heridas hasta los centros de rehabilitación.

Anatole y su colega François en un merecido descanso de sus tareas. 

Anatole y su colega François en un merecido descanso de sus tareas.
© CICR / Lucas

La mayor parte de los pacientes que acuden a los dos centros son sobrevivientes de accidentes ocurridos en el pasado y que requieren atención médica prolongada y el reemplazo de sus prótesis cada dos o tres años. Uno de los pacientes que debe ser atendido regularmente es Anatole, sobreviviente del estallido de una mina, cuya recuperación ha sido notable, como él mismo expresa: “Hoy, a veces me olvido de que tengo una pierna ortopédica.”

Anatole, ahora de cuarenta y tantos años de edad, era un soldado de tan solo 20 cuando el camión que lo transportaba pisó una mina en el desierto de Tibesti. Ocho de sus camaradas murieron instantáneamente y varios otros, Anatole entre ellos, quedaron severamente heridos. “Luego de la explosión me desmayé. Cuando desperté, tenía la  pierna izquierda destrozada y me brotaba sangre de las orejas. Demoré meses en recobrar el sentido del oído. En las semanas siguientes a que me amputaran la pierna, me quería suicidar,” admite.

Cuando Anatole recuperó la conciencia en el hospital, su mayor preocupación como sostén de cinco niños era quién se haría cargo de procurar techo y comida a su familia. Su angustia era muy concreta, ya que luego del accidente fue dado de baja sin ningún tipo de indemnización.

Dando esperanzas

Anatole en su taller del centro de rehabilitación física de N’Djamena 

Anatole en su taller del centro de rehabilitación física de N’Djamena
© CICR / Lucas

Afortunadamente, luego de haber sido capacitado por el CICR, Anatole tiene ahora  empleo estable como técnico asistente en el centro de rehabilitación física de N’Djamena, donde fabrica miembros ortopédicos para otros sobrevivientes de minas. Está muy contento y orgulloso con su nueva vida y responsabilidad. “Me gusta ayudar a mis hermanos. Debido a mi propia experiencia, soy la persona indicada para hacerles ver que deben tener paciencia cuando reciben las prótesis nuevas. Trato de infundirles esperanzas de que todo será mejor en el futuro.”

Sin embargo, no olvida a los creadores y fabricantes de minas terrestres, y sigue tan enfadado con ellos como al principio. “Es un arma que no distingue entre civiles y combatientes. Es invisible y ataca aún años después de terminada la guerra. En mi aldea, los niños hacen las tareas de pastoreo y caminan por lugares plagados de minas a riesgo de sus vidas. Las mujeres que salen a buscar leña corren el mismo peligro. Son armas que ya no deberían utilizarse.”

La Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal, en la que 161 Estados son Partes, dispuso la prohibición absoluta de estas armas.  Las minas antivehículo están regidas por el Protocolo adicional II de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales, en la que 100 Estados son Partes.
 

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