Desafíos de seguridad para la acción humanitaria

31-03-2001 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Angelo Gnaedinger

  Texto de una presentación hecha en noviembre de 2000 ante el Foro Internacional sobre Seguridad en Ginebra. Se ha mantenido la forma de exposición oral.  

     

De acuerdo con el tema de esta conferencia, " cómo afrontar los nuevos desafíos de seguridad en Europa " , expondré en primer lugar lo que considero retos de seguridad para la acción humanitaria en Europa. Me expresaré únicamente en nombre del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), organización humanitaria que presta ayuda en casi todos los conflictos armados y situaciones de lucha o de disturbios interiores en todo el mundo, sin intención de reflejar la posición de cualquier otro organismo humanitario. Más adelante, les presentaré detalladamente el CICR.
 

Trataré de contestar a las siguientes preguntas:

  • ¿En qué condiciones se realiza actualmente la acción humanitaria a escala mundial y cuáles son los principales desafíos para los organismos humanitarios?

  • ¿Hay algún rasgo específico de los desafíos de seguridad para la acción humanitaria en Europa ? Trataré de contestar a esta pregunta comparando las actividades del CICR en África con las que realiza en dos teatros de operaciones en Europa, a saber, los Balcanes y el norte del Cáucaso.

  • ¿En qué medida ha cambiado en los últimos años el marco para las actividades del CICR en Europa ? ¿Podría seguir cambiando en los próximos años? A este respecto, merecen particular consideración los efectos de la integración europea hasta la fecha y las posibles repercusiones de una política exterior y de seguridad común de la Unión Europea (UE). Como ustedes saben, en este contexto es de especial interés el párrafo 2 del artículo 17 del Tratado de la Unión Europea.

  El Comité Internacional de la Cruz Roja  

 
El CICR es una organización humanitaria independiente, con personalidad jurídica internacional, que protege y presta ayuda a las víctimas de los conflictos armados y de las luchas internas en todo el mundo. La promoción y el desarrollo del derecho internacional humanitario constituyen una parte esencial de su cometido.
 

El CICR, cuyos principales Principios Fundamentales son la independencia, la imparcialidad y la neutralidad, es sin duda la única organización humanitaria que presta servicios en casi todos los conflictos armados y situaciones de disturbios internos del mundo. Su acción se caracteriza por la proximidad física y durable a las víctimas, dondequiera que se necesite protección y ayuda. El CICR se esfuerza por tener acceso a las víctimas mediante negociaciones con todas las partes en un conflicto o en una crisis política. La capacidad de mantener contactos estrechos y periódicos con las partes –cualquiera que sea la opinión de diversos miembros de la comunidad internacional al respecto– es el resultado de la larga experiencia del CICR y uno de los principales activos de la organización. Esta red de contactos excepcional se desarrolla constantemente a través de más de 200 delegaciones, subdelegaciones y oficinas en todo el mundo.
 

El CICR emplea a casi 12.000 personas, más de 11.000 de ellas sobre el terreno. Sus gastos totales en 1999 fueron de 849 millones de francos suizos, casi dos veces la cantidad gastada en 1990 (443 millones). Se prevé que los gastos del año 2000 alcancen la cifra sin precedentes de 871 millones de francos. El presupuesto establecido para 2001 es ligeramente inferior, teniendo en cuenta diversas limitaciones de los recursos económicos y humanos.

  Condiciones para la acción humanitaria a escala mundial  

 
Los conflictos armados internos son ahora la norma, mientras que los conflictos armados internacionales son una excepción, aunque no hemos de olvidar los conflictos internos que se internacionalizan, como en la República Democrática del Congo o en Sierra Leona. Las partes en conflicto que no son Estados, muy difíciles de identificar ya que están a menudo poco estructuradas y no tienen una cadena de mando clara, desempeñan un papel cada vez más importante en las hostilidades. La gran disponibilidad de armas baratas y poderosas, las comunicaciones rápidas a escala mundial y el desmoronamiento de las estructuras estatales en muchos lugares fomentan la violencia. La dominación de un grupo étnico o de una religión sobre otra y el monopolio del acceso a los recursos económicos son algunas de las causas más frecuentes de enfrentamientos en África, continente en el que se registra el mayor número de conflictos armados del mundo. El CICR realiza casi el 40% de sus actividades sobre el terreno en África, donde nada parece estable y la situación puede cambiar radicalmente en un lapso de tiempo relativamente breve. Mientras que en tres conflictos se han terminado recientemente los combates –Guinea Bissau, Congo Brazzaville y Eritrea/Etiopía–, la situación se está agravando en África occidental y crece la preocupación por lo que concierne a Zimbabue y a algunos vecinos de Angola. Al mismo tiempo, continúan con la misma intensidad otros muchos conflictos, como los de Sudán, Angola, Congo-Kinshasa y Somalia.
 
Un e studio sobre las causas de las guerras civiles entre 1965 y 1999, publicado por el Banco Mundial en junio del año 2000, concluye que los factores materiales, en particular económicos y demográficos, causaron 47 de los 73 conflictos analizados. A este respecto, resulta difícil pasar por alto que a África, donde vive el 10% de la población mundial, sólo le corresponde el uno por ciento del producto interior bruto (PIB) mundial. Además, en este continente se encuentra el 70% de los 250 millones de víctimas del SIDA del mundo.
 
La presencia de demasiados organismos humanitarios, como ocurrió el año pasado en los Balcanes, no es el principal problema que afronta el CICR en África, aunque la inesperada llegada de numerosos agentes humanitarios a un escenario que suscita gran interÚs de los medios informativos, como Etiopía la primavera pasada, puede dificultar la ayuda humanitaria en lugar de facilitarla. Además, son muy pocos los países africanos donde el CICR trabaja codo con codo con las fuerzas militares internacionales. Todavía no se han desplegado las fuerzas de las Naciones Unidas en Congo-Kinshasa y sólo acaba de empezar el estacionamiento de las fuerzas de la ONU entre Eritrea y Etiopía.
 
El caso más claro para examinar la relación entre las actividades humanitarias y la acción política o militar es Sierra Leona. El CICR llamó la atención de las Naciones Unidas sobre los problemas que plantean en este país los llamados cometidos integrados, que piden a las mismas fuerzas armadas que lleven a cabo tareas militares y humanitarias. Por ejemplo, sería lamentable que los componentes de defensa de los derechos humanos de una misión de mantenimiento de la paz le la ONU visitaran centros de detención basándose en procedimientos de trabajo menos rigurosos que los que aplica el CICR. Dicho sea de paso, este ejemplo pone de manifiesto un problema más amplio que forma parte de los retos de la acción humanitaria que no tienen nada que ver con la cooperación entre los militar es y los organismos humanitarios. Me refiero a la competencia entre los agentes humanitarios, que puede dar lugar a la duplicación de los esfuerzos y, en algunos casos, a un deterioro notable de la calidad de la asistencia. Hay que decir claramente que las visitas a centros de detención y la protección y ayuda a los desplazados internos son sectores en los que la comunidad humanitaria tiene mucho que ganar de la complementariedad y mucho que perder de la competencia estÚril que resulta de la divergencia de las directrices para la acción.
 

  ¿Cuáles son los principales desafíos que afrontamos actualmente en los contextos más difíciles?  

  • La complejidad de las situaciones de conflicto, es decir, la mezcla de grupos locales e internacionales en el mismo contexto, cada uno de ellos impulsado por diferentes motivos políticos, económicos, étnicos y religiosos.

  • El desconocimiento o, peor aún, la mofa que hacen las partes en conflicto de las normas del derecho internacional humanitario.

  • El fuerte aumento de los secuestros, ya sea " por imitación (Somalia es un ejemplo) " , como señala nuestro delegado encargado de la Seguridad, ya sea porque nuestras actividades se extienden ahora a zonas en las que tales crímenes tienen una larga tradición (como en el Cáucaso).

  • Los ataques deliberados a agentes humanitarios.

  • La ignorancia o el cuestionamiento del cometido del CICR como intermediario imparcial y neutral, tarea que le ha encomendado la comunidad internacional.

  • El rechazo de la presencia del CICR por las partes en conflicto.

 
Nuestro personal trabaja, además, en situaciones en que subir a bordo de un avión resulta más peligroso que en cualquier otro lugar del mundo y es muy alto el riesgo de contraer una enfermedad grave.

  ¿Qué esfuerzos realiza el CICR para hacer frente a estos desafíos?  

 
En primer lugar, tenemos que aceptar y comprender toda la complejidad de los conflictos actuales. El análisis del conflicto es algo vital y no sólo un ejercicio intelectual. Puesto que el CICR actúa en la encrucijada de intereses divergentes, tiene que desarrollar un diálogo continuo con todos los concernidos, ya sean entidades internacionales o representantes de un grupo minoritario rebelde, militantes de un movimiento religioso radical u oficiales superiores de las fuerzas armadas de un Estado. La proximidad y el diálogo con todas las partes en conflicto son esenciales para obtener acceso a las víctimas de la guerra y prestarles la protección que necesitan. Para ello, tenemos que adaptar nuestro debate acerca del derecho y de los valores humanitarios a diferentes contextos culturales, reafirmando al mismo tiempo nuestra propia identidad como organización humanitaria imparcial y verdaderamente independiente. Hemos de evitar toda acción, por inofensiva que parezca, que pueda hacer dudar de nuestra independencia. Cuando, a pesar de todos estos esfuerzos, se ponga en tela de juicio nuestra aceptabilidad, tenemos que plantearnos la posibilidad de retirarnos. A veces optamos por la alternativa de restringir nuestras actividades a una zona o a un sector particular.
 

En segundo lugar, la formación, así como el intercambio y el análisis sistemáticos de los datos relativos a la seguridad, son ahora esenciales para el CICR. El cumplimiento estricto de las normas y los criterios de acción y retirada desempeñan un papel importante para la Institución. Nuestro modus operandi tiene que ser coherente y fiable, para que sepamos qué hacer y que los demás sepan qué pueden esperar de nosotros. La función de la seguridad se pone de relieve en este reciente comentario de nuestro delegado encargado de la Seguridad: " La se guridad de nuestro personal es una condición previa a la acción. Es a la vez más importante que nuestras actividades y completamente secundaria con respecto a ellas " . Salvo la decisión de evacuar al personal y de utilizar escoltas armadas, todas las demás actividades de seguridad se confían a nuestro personal sobre el terreno: recabar información, analizar datos y tomar decisiones.
 

Los distintos organismos humanitarios tienen políticas de seguridad diferentes y sus maneras de proceder pueden tener graves consecuencias para el CICR. En particular, la utilización de escoltas armadas por el personal humanitario que trabaja en la misma zona puede tener repercusiones negativas para los colaboradores del CICR, tradicionalmente desarmados, señalándolos como un objetivo fácil.
 

Para concluir estas consideraciones generales, permítanme decir que la cuestión de las condiciones de seguridad de los agentes humanitarios forma hoy necesariamente parte del programa político global. Las condiciones de seguridad mejorarían sin duda considerablemente si se lograra convencer a quienes puedan estar tentados de atacar a los agentes humanitarios de que ello acarrearía sanciones más severas que las meras reprimendas verbales de la comunidad internacional, que se olvidan fácilmente.
 

  Desafíos de seguridad que afronta la acción humanitaria en Europa  

 
Los retos de seguridad a que dieron lugar los recientes conflictos en Europa no difieren sustancialmente de los que acabo de describir. Como en otras partes del mundo, las luchas étnicas, el fervor nacionalista y el extremismo religioso han producido una violencia terriblemente destructiva en los Balcanes y en el Cáucaso. Junto con las dificultades de transformación de la estructura socioeconómica e intereses estratégicos opuestos, estas fuerzas han ocasionado enormes sufrimientos a la población de es as zonas y repetidas tragedias humanitarias en los últimos diez años. El CICR tuvo que informarse rápidamente de la complejidad del tejido cultural, étnico, político y socioeconómico del sudeste y del este de Europa, que la guerra fría había encubierto tan eficazmente durante decenios. Para obtener acceso a las víctimas de Sarajevo, Pristina, Sujumi, Nagorno Karabaj y Grozni, el CICR tuvo que explicar su función y su manera de prestar ayuda a miles de personas, cuyo respeto es –y sigue siendo– fundamental para nuestra acción.
 

Sin embargo, el reto de seguridad más extraordinario para la labor humanitaria en Europa ha sido el enorme interés que han mostrado en estos dramáticos acontecimientos los medios de comunicación, la opinión pública y, por lo tanto, los Gobiernos. El resultado ha sido una interacción extraordinariamente intensa entre el CICR y los componentes políticos y militares de la gestión internacional de la crisis. A este respecto, el conflicto en Bosnia-Herzegovina, con la participación de varias generaciones de fuerzas de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas y el despliegue de la IFOR/SFOR a raíz del acuerdo de Dayton, fue el terreno de pruebas más importante para el desarrollo de nuevas relaciones entre los organismos humanitarios y los militares. La experiencia adquirida en este contexto ha enseñado al CICR a sopesar los riesgos que ocasiona la mezcla de cometidos militares y humanitarios, y a identificar los ámbitos en que los militares pueden aportar una valiosa contribución a la labor de los organismos humanitarios, pero sin asumir su cometido.
 

Permítanme decir de manera clara y directa que los militares pueden realmente aportar una importante contribución en el ámbito humanitario, sin convertirse en una empresa humanitaria, en los siguientes casos:

  • en una situación inestable, en la que los militares pueden restablecer, por ejemplo, el orden público y, por consiguiente, no solamente proteger a la p oblación civil, sino también facilitar la labor del personal humanitario; y

  • en situaciones de una demanda inesperada y masiva de ayuda humanitaria (en caso, por ejemplo, de terremotos, inundaciones o una afluencia masiva de refugiados en países pobres, como ocurrió en Macedonia y Albania el año pasado), los recursos militares pueden ponerse a disposición de los servicios públicos o de organizaciones humanitarias, ayudándoles a actuar con mayor eficacia.
     

Para poner de relieve el potencial de buena cooperación entre organismos humanitarios y militares, analicemos la liberación y la repatriación de prisioneros en Bosnia-Herzegovina tras la firma del acuerdo de Dayton a finales de 1995. En su anexo sobre asuntos militares, este acuerdo preveía un calendario estricto para las medidas de retirada del frente y desmovilización de las fuerzas armadas hostiles. Con la llegada de la IFOR en diciembre de 1995, estas medidas se aplicaron consecuentemente y a tiempo. Sin embargo, por lo que atañe a la aplicación de las complejas disposiciones del acuerdo de Dayton relativas a asuntos civiles y políticos, las partes se mostraron sumamente reacias a avanzar. A este respecto, su decisión de liberar a todos los prisioneros en pocas semanas y bajo los auspicios del CICR se convirtió en una prueba inicial de la viabilidad del acuerdo.
 

Gracias a sus actividades durante la guerra, el CICR conocía bastante bien los lugares de detención de los tres bandos y se había entrevistado con las respectivas autoridades sobre el terreno. Cuando el CICR recibió su cometido en el marco del Acuerdo de Dayton, reactivó inmediatamente esta experiencia. Delegados del CICR celebraron reuniones de alto nivel en Sarajevo, Pale y Mostar, registraron los datos de los prisioneros en toda Bosnia y presentaron un plan detallado para la liberación y repatriación simultánea, a través de las antiguas líneas del frente, de más de 1.000 prisioneros que estaban detenidos en aque l momento. La aplicación de este plan suponía en primer lugar un fuerte apoyo del entonces Alto Representante Carl Bildt, que ejerció sobre todas las partes la presión política necesaria. Fue asimismo decisiva la coordinación sumamente estrecha entre el CICR y el mando de la IFOR, que reunió a los jefes militares supremos de todos los bandos y les dio instrucciones en términos inequívocos para que abrieran las antiguas líneas del frente en lugares y días específicos, protegieran el transporte por carretera y –por último, pero no por eso menos importante– cumplieran el plan de liberación del CICR entregando a los prisioneros. Además, la IFOR proporcionó los medios logísticos y garantizó la seguridad de los puestos de paso durante la fase crítica. La pronta repatriación de esos prisioneros sólo fue posible gracias a esta excelente cooperación, basada en la fuerza y la competencia, respectivamente, en los ámbitos humanitario, político y militar. Así pues, el CICR logró no solamente resolver una cuestión humanitaria urgente, sino también dar un importante impulso a la aplicación del Acuerdo de Dayton en un momento crucial. Alentados por esta experiencia, seguimos cooperando con la IFOR/SFOR en la búsqueda de las personas desaparecidas y la sensibilización de los grupos de población expuestos al peligro de las minas.
 

Más recientemente, el CICR tuvo una experiencia igualmente positiva con la KFOR en Kosovo. Como ya prestaba ayuda en Pristina cuando se desplegó la KFOR, a principios de junio de 1999, el CICR entabló inmediatamente contactos operacionales y concertó rápidamente arreglos prácticos sobre cuestiones tales como la protección de los grupos vulnerables de civiles, especialmente las minorías, el acceso del CICR a las personas arrestadas y recluidas por la KFOR y el retorno de los prisioneros kosovares detenidos en otras partes de Serbia. La experiencia nos enseña que tal cooperación con los militares es eficaz y sin trabas burocráticas.
 

No obstante , cabe señalar que estos ejemplos se refieren a situaciones en las que el CICR estaba trabajando con fuerzas armadas internacionales que no solamente habían recibido del Consejo de Seguridad de la ONU un mandato apropiado para su misión, sino que también habían sido aceptadas oficialmente –aunque de mala gana– por las ex partes en conflicto. Además, la IFOR/SFOR, así como la KFOR, fueron constituidas según el principio de " una misión - un mando " , aunque participaban muchos asociados, incluidos países no miembros de la OTAN. En particular, la participación de las tropas rusas en esas misiones resultó esencial para lograr el acuerdo político de todas las partes.
 

Evidentemente, fue muy distinta la experiencia del CICR con las fuerzas de la OTAN que tomaron parte en las hostilidades contra la República Federativa de Yugoslavia. Aunque se declaró que esta campaña militar era una " intervención humanitaria " , el CICR tuvo que dejar claro desde el principio que, en virtud de los Convenios de Ginebra de 1949, las hostilidades constituían sencillamente un conflicto armado internacional, cualesquiera que fueran los motivos políticos subyacentes. En esas condiciones, el CICR tuvo que mantener la neutralidad total con respecto a los países de la OTAN y la República Federativa de Yugoslavia, e hizo todo lo posible para permanecer sobre el terreno durante la campaña aérea, no solamente en Belgrado, sino también en el resto de Serbia, en Montenegro y, sobre todo, en Kosovo. Aunque nuestros delegados tuvieron que retirarse de Pristina durante las semanas decisivas de abril y comienzos de mayo, pudimos prestar ayuda a muchas víctimas en el territorio que el mando de la OTAN había declarado " zona de guerra " . Por ello, el CICR reaccionó de manera un poco tensa cuando la OTAN limitó su libertad de movimiento en Yugoslavia y se declaró, además, el principal proveedor de ayuda humanitaria a los desplazados de Kosovo.
 

El CICR siempre debe tener en cuenta que los militares, por su naturaleza, corren el riesgo de participar en hostilidades abiertas, incluso cuando llevan a cabo una misión autorizada de mantenimiento de la paz.
 

Por consiguiente, la experiencia en los Balcanes ha demostrado que es importante distinguir claramente entre las operaciones militares y las humanitarias, en el fondo y en la forma. No hay que confundir los diferentes cometidos y tareas de los organismos militares y humanitarios. El CICR ha establecido asimismo un límite claro en los demás contextos en los que trabaja junto con militares, como en Sierra Leona y Timor Oriental. La relevancia de esta distinción se evidenció especialmente en Sierra Leona, donde las tropas de las Naciones Unidas, que tenían un cometido parcialmente humanitario, se vieron directamente implicadas en los combates.
 

La determinación del CICR en mantener su independencia en la toma de decisiones y en sus acciones es lo que le permite tener acceso a todas las víctimas de un conflicto armado. El CICR tiene que ejercer sistemáticamente esta independencia en todos los contextos en los que presta ayuda y explicar una y otra vez su significado, especialmente donde no es bien conocido.
 

A fin de evitar que se pongan en tela de juicio su independencia, imparcialidad y neutralidad, el CICR se abstiene de utilizar escoltas armadas en situaciones de conflicto. En el marco analítico ideado por K. van Brabaant, que comprende las tres nociones de aceptación, disuasión y protección, el CICR ha elegido la aceptación. Los militares, en cambio, tienen que conservar su capacidad de intensificar el uso de la fuerza y de actuar, por lo tanto, como medio disuasorio, si quieren seguir siendo creíbles. Por consiguiente, jamás podrán ser considerados neutrales ni imparciales.
 

Ahora bien, hay contextos que nos plantean problemas difíciles a los que nuestros principios operacionales no proporcionan soluciones claras. Uno de ellos es el norte del Cáucaso, donde el bandolerismo con claros objetivos económicos constituye un riesgo aun mayor que los ataques militares. La cuestión era, pues, si nuestros delegados expatriados debían visitar centros de detención en Chechenia y en las repúblicas vecinas con escoltas armadas o no hacerlo en absoluto, incluso si las autoridades rusas nos autorizaran a visitar a los chechenos que tenían encarcelados. Optamos por las escoltas armadas, dada la importancia de nuestras visitas a esos detenidos.
 

Desde mayo del 2000, los delegados del CICR han efectuado más de 40 visitas a detenidos en Chechenia y a centros de detención en el sur de Rusia. Sin embargo, el personal local del CICR y los miembros de la sección local de la Cruz Roja de Rusia realizan nuestros programas de ayuda humanitaria en Chechenia sin escolta armada. Entre tanto, los esfuerzos de nuestros colaboradores expatriados se centran en el mantenimiento de contactos con las autoridades y la supervisión de las actividades de socorro. El año 2001, nos proponemos ampliar considerablemente nuestros programas de ayuda en Chechenia y en las zonas vecinas.
 

Así pues, nuestra operación en el norte del Cáucaso demuestra la flexibilidad con la que el CICR trabaja en situaciones concretas: utiliza a la vez el personal expatriado y local, y hace participar las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja, actuando al mismo tiempo como organismo director del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en todas las situaciones de conflicto armado y de disturbios internos.
 

El contexto europeo, en comparación con los demás en los que el CICR presta servicios, llama la atención por la concentración relativamente alta de organizaciones internacionales de seguridad y de organismos similares presentes. Solamente en los Balcanes y en la zona del Mar Negro hay numerosas estructuras internacionales superpuestas. Las principales son, como to dos sabemos, la OTAN para la seguridad desde el punto de vista militar, la Unión Europea para la seguridad en el sentido más amplio, que a veces llamamos Existenzsicherung ( " aseguramiento de la subsistencia " ) y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) como sistema europeo de gestión de crisis y prevención de conflictos.
 

Como resultado, Europa disfruta sin duda de condiciones favorables para acabar con los conflictos armados y la violencia interna. Pero no ha sido siempre así: hasta el final de la II Guerra Mundial y antes de la creación de la Unión Europea, el principal teatro de operaciones del CICR era Europa, especialmente Europa occidental. Dada la naturaleza específica del contexto europeo actual, es particularmente importante para el CICR mantener un diálogo continuo con diversas organizaciones supranacionales e internacionales en el continente a fin de garantizar un intercambio constante de información acerca de las directrices y las acciones.
 

  La Unión Europea como agente humanitario  

 
Al desarrollar su política exterior y de seguridad común (Título V del Tratado de la Unión Europea), la UE podría convertirse en un proveedor más importante de ayuda humanitaria. Las llamadas misiones de Petersberg están plenamente integradas en el párrafo 2 del artículo 17 de ese acuerdo, que dice lo siguiente:
 

" Las cuestiones a que se refiere el presente artículo incluirán misiones humanitarias y de rescate, misiones de mantenimiento de la paz y misiones en las que intervengan fuerzas de combate para la gestión de crisis, incluidas las misiones de restablecimiento de la paz. "
 

A finales de 1999, el Consejo Europeo decidió en Helsinki establecer hasta 2003 una fuerza de intervención de unos 60.000 miembros para llevar a cabo las misiones mencionadas en dicho párrafo.
 

Como resultado de todo esto, la Unión Europea, que ya es uno de los principales asociados del CICR, adquirirá aun más importancia para nosotros, con un gran potencial indudablemente de cooperación. No obstante, basándonos en la experiencia adquirida en lugares como los Balcanes, insistiremos en una clara distinción entre la acción humanitaria y la políticomilitar. Dada su propia experiencia en esta parte del mundo, la UE es también sin duda consciente de los problemas que se plantean cuando las mismas entidades y personas realizan a la vez actividades militares y humanitarias. En la medida en que la Unión Europea desarrolle su Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), es posible que con el tiempo necesitemos un diálogo con la UE similar al que hemos establecido con la OTAN. El progreso de la PESC sólo puede recibirse, en mi opinión, con agrado, incluso por parte de una organización humanitaria, siempre que no promueva la confusión entre las misiones políticomilitares y las humanitarias. Contribuirá a promover la seguridad en Europa, que ya ha mejorado mucho gracias a la creación de la Unión Europea.
 

Con esto llego al último punto: la prevención. Hay un consenso creciente acerca de que deberían destinarse muchos más recursos a la prevención de los conflictos armados y las luchas internas. Sorprendentemente, demasiado a menudo pasa desapercibido el aspecto de prevención de conflictos en la política de ampliación de la Unión Europea (que establece para los países que deseen adherirse a la UE normas políticas claras en materia, por ejemplo, de minorías). En los años noventa, este proceso impidió varios conflictos potenciales en Europa Central. Cabe esperar que se desarrollen procesos similares en otros marcos, tales como la OSCE y el Pacto de Estabilidad para Europa Sudoriental, a fin de proporcionar a los pueblos de los Balcanes y del Cáucaso la paz y la tranquilidad que tanto anhelan.

     

  Angelo Gnaedinger es delegado general del CICR para Europa, Oriente Próximo y África del Norte.