La guerra contra la infraestructura esencial es una guerra contra las personas civiles.
Debe detenerse. Todo esfuerzo por reducir las hostilidades es crítico.
Los ataques deliberados a los servicios y a la infraestructura civil esenciales pueden constituir crímenes de guerra.
Somos testigos de cómo se destruye y daña la infraestructura de energía, combustible, agua y atención de salud. Esta tendencia inquietante no se limita a Oriente Medio ni a las últimas tres semanas, sino que ha sido generalizada en los conflictos armados en todas las regiones.
No obstante, lo que vimos en los últimos días en Oriente Medio pareciera estar llegando a un punto de no retorno.
Lo más alarmante es el posible daño a instalaciones nucleares, ya sea deliberado o incidental. El daño a estos sitios podría desatar consecuencias irreversibles, por lo que las protecciones que se le otorgan en virtud de las leyes de la guerra son mayores.
Los ataques a la infraestructura esencial ya han hecho sufrir a millones de personas civiles cerca y lejos de las líneas del frente. Esta tendencia, combinada con una retórica cada vez más acentuada que menosprecia los límites que impone el derecho internacional humanitario, normaliza un estilo de guerra que nos despoja de nuestra humanidad compartida.
El respeto de la dignidad de la población civil es la base de la reducción de las hostilidades y las soluciones políticas a partir de las cuales se puede forjar la paz y la estabilidad.