Página archivada:puede contener información desactualizada

Uganda: las mujeres dan una lección de coraje

27-02-2007 Reportaje

En el norte de Uganda, cerca de un millón y medio de personas, en su mayoría de la etnia acholi, han debido abandonar sus aldeas y campos para refugiarse en campamentos de personas desplazadas. Algunas de esas personas viven en campamentos desde hace diez años, intentando arduamente recrear una vida en común.

Los acholi crearon para sí una nueva vida y una nueva forma de sociedad. Pero, a fuerza de vivir en un entorno superpoblado, que no es el propio, las personas desplazadas pierden sus marcos de referencia, y las tradiciones que forman la base de la vida en común se destruyen.

Las mujeres sufren particularmente la desintegración de las estructuras sociales. A pesar del acceso limitado a las tierras de cultivo, las mujeres deben seguir alimentando a la familia, a menudo sin el apoyo de los hombres, que han abandonado la caza o las labores agrícolas. La pérdida del rol de principal sostén de la familia y de su posición tiene efectos catastróficos en muchos hombres, que quedan desorientados, desvalidos e inactivos. Los cambios de rol, el alcoholismo y la destrucción de las costumbres familiares y comunitarias traen consigo un aumento de la violencia, que afecta principalmente a las mujeres y los niños. Según algunas opiniones, la violencia doméstica es " inherente a la vida en los campamentos " .

Sin embargo, los cambios y la vida en los campamentos también ofrecen a algunas mujeres la oportunidad de aprender nuevos oficios o asumir roles y responsabilidades diferentes. Así sucedió con Joy, Peace y Mary.

  Joy, partera tradicional  

 
© CICR 

Parteras tradicionales reciben entrenamiento de parte del CICR en el campo para desplazados de Golu. 


 

Joy es partera. Tiene 38 años y aprendió el oficio de su madre, quien, a su vez, lo había aprendido de su propia madre. Cuando era pequeña, Joy seguía a su madre y a su abuela mientras éstas realizaban las tareas cotidianas. Así fue aprendiendo: al principio miraba, luego comenzó a ayudar. El oficio de partera tradicional se transmite de una generación a otra, recurriendo no a la ciencia, sino a la memoria de las mujeres, que debe transmitirse para no perderse.

En el campamento de Omot, donde viven unas 4.000 personas desplazadas, hay siete parteras. A ellas se dirigen las mujeres para resolver todos los problemas " pequeños y grandes " relacionados con la sexualidad, la vida doméstica, el embarazo, la educación de los niños. Son, en cierto modo, las confidentes de las mujeres, que les cuentan sus secretos y penas. 

Joy explica que la violencia ha aumentado, y muchas mujeres y niñas son ahora incluso más vulnerables que antes. " Aunque resulte irónico, a nosotras, las parteras tradicionales, la guerra nos aportó algo: ciertas organizaciones humanitarias que trabajan en el norte de Uganda, como el CICR, nos enseñan métodos nuevos. Podemos responder mejor a los problemas que se presentan durante el embarazo y el parto. "

A menudo, una partera del CICR trabaja con las parteras tradicionales de seis campamentos del distrito de Pader. Les enseña a realizar exámenes prenatales y a detectar las complicaciones que pueden resultar fatales en el momento de dar a luz, y les proporciona materiales para los partos. Ahora, las parteras derivan automáticamente a los hospitales apropiados a las mujeres que necesitan atención especializada. Aunque conocen su oficio desde hace tiempo, es la primera vez que reciben formación profesional. " Es como ir a la escuela con la que soñaba cuando era niña " , dice Joy.

  Peace, portavoz de sus hermanas  

     

Peace es la representante de las mujeres en el campamento de Adilang, ubicado un poco más al norte. Este campamento está dividido en bloques numerados del 1 al 10. Un hombre llamado el " jefe de bloque " representa a cada bloque, y el campamento es representado por un jefe de campamento, su adjunto y sus secretarios. En cada campamento, las mujeres son representadas por un pequeño grupo de mujeres, integrado por la representante principal y sus adjuntas, que normalmente pertenecen a diferentes bloques.

Sin embar go, no es fácil encontrar a Peace entre estas chozas todas iguales, apretadas unas contra otras. Pero la gente se conoce, y sobre todo, conoce a los representantes. A veces alcanza con pedir indicaciones a un niño, que guía al visitante por el dédalo de chozas. El CICR suele reunirse con ella para informarse acerca de las condiciones de vida, la seguridad y las relaciones entre la población del campamento y los militares vecinos. Ella cuenta la vida del campamento, mientras amamanta a su bebé o selecciona semillas.

A menudo, otras mujeres advierten su presencia, se ponen en cuclillas y escuchan, asintiendo tímidamente o respondiendo con largas diatribas. Para Peace, que durante los últimos veinte años no ha conocido otra vida que la agricultura y la guerra, esta función le confiere una cierta fama que nunca esperó tener. " Es cierto, las mujeres no suelen ser jefes. Ahora, participo en las reuniones con las organizaciones humanitarias y los representantes de las autoridades locales. Tengo el derecho y el deber de hablar, de decir cómo vivimos en los campamentos las mujeres y los niños. Cuento nuestros temores pero también nuestras esperanzas de volver al hogar, a la aldea, a la tierra de nuestra familia. "

Aprende a hablar en público. Poco a poco, recuerda el inglés que aprendió en la escuela, y ahora tiene acceso a información política y humanitaria que concierne a todas y todos. " En ese sentido, es muy positivo " , concluye. " Mi vida se ha empobrecido a causa de esta guerra tan prolongada, pero también se ha enriquecido. "

  Mary, de 15 años, ex rehén del LRA   

     

Mary tiene 15 años. Hasta hace poco, era rehén del Ejército de la Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés), que, durante el conflicto, secuestró a numerosos niños . Es madre de dos niños nacidos en cautiverio, de dos padres diferentes, ambos combatientes del LRA. El CICR se reúne con ella para entregarle un mensaje de Cruz Roja que le envía uno de los padres, capturado por el ejército regular ugandés. Lo lee encantada, aunque su padre, a sus espaldas, no parece apreciar esa carta, escrita por un hombre que no conoce, que no forma parte del clan y que ha deshonrado a su hija.

Mary nos cuenta un poco sobre su vida pasada, sus sufrimientos, y cómo pudo escaparse con sus dos hijos y reunirse con su familia gracias a la intervención de los organismos humanitarios. El reencuentro fue emocionante, y Mary se siente feliz de haberse reunido con sus padres después de tantos años de errar por el distrito y esconderse. Pero también comenta que no es fácil ser como las otras mujeres del campamento.

Su pasado se refleja en sus hijos, que no son hijos de su familia sino de hombres desconocidos para el clan, de hombres que secuestraban y mataban. La integración es difícil para esos niños. Día a día, Mary lucha por obtener el sustento diario para ellos. Pero con el tiempo, su horizonte se ensanchó: tras cinco años de vagar por el monte y por los grandes territorios del norte de Uganda, finalmente aprendió algo diferente de la guerra. Con otras ex mujeres soldado del LRA, produjo y montó una pieza de teatro destinada a sensibilizar a la población acerca de su historia y lograr que la comunidad las acepte.

Hoy, el mensaje de Cruz Roja le acerca un poco de esperanza. Le ha escrito el hombre que ama y que también se ha liberado de su vida pasada. Aunque ahora él sea soldado en el ejército regular de Uganda, la esperanza de Mary es que, algún día, gracias a las negociaciones de paz, ella y sus hijos puedan reencontrarse con él y vivir en familia.