Derecho Internacional Humanitario y Guerra Irregular

31-12-2000 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Gral. Joaquín Cuadra Lacayo

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Resumen: Antiguo jefe de Estado Mayor de las fuerzas armadas de Nicaragua, el general Cuadra Lacayo evalúa el papel del derecho internacional humanitario en las tácticas de los jefes, durante las insurrecciones de los últimos cincuenta años en Latinoamérica (especialmente en Cuba, El Salvador y Nicaragua). En particular, llega a la conclusión de que las normas fundamentales se respetan mejor si todos comprenden su utilidad para la lucha insurreccional. Asimismo, el respeto de un mínimo de humanidad en los combates facilitaría el paso a un orden constitucional y a la terminación de la contienda. Refiriéndose al ejemplo de Nicaragua, el autor subraya el lugar importante que ha encontrado el derecho internacional humanitario en las fuerzas armadas, que, por su parte, surgieron de las fuerzas insurrectas.
 
 
El tema del derecho internacional humanitario en guerras y fuerzas irregulares tiene como punto de partida las estrategias políticas y militares de los contendientes. Dependiendo de la evolución del conflicto y del contexto, esto puede derivar de ser un tema político a ser un tema de derecho. Toda fuerza irregular en su fase inicial es una reacción político social, provocada por la existencia de un sistema político que contiene la causa fundamental del conflicto. Los movimientos insurgentes deben entonces ser juzgados, más como una consecuencia que como una causa o solución. Esto implica que hay una inevitable dosis de fanatismo en su pensamiento y su evolución a una etapa más madura, dependerá de una amplia gama de factores, que van desde la naturaleza del conflicto y las características del grupo guerrillero, hasta el nivel de desarrollo y reconocimiento que alcancen tanto el movimiento insurgente como el conflicto.
 
En la experiencia contemporánea de América Latina desde finales de los 60’s hasta los 90’s, podemos encontrar una diversidad de conductas con relación al tema humanitario y las fuerzas insurgentes. Es posible colocar en un extremo a los guerrilleros “Tupamaros” del Uruguay que existieron en los 70’s, como lo más parecido a una conducta tipo “Robin Hood” y en otro extremo a las guerrillas de Sendero Luminoso en Perú, durante los 80’s y 90’s, como lo que más claramente podría considerarse un grupo terrorista, sin más reglas que las de su fanatismo.
 
Los niveles de polarización social y las características socio educativas de la insurgencia en cada país, dieron pie en Latinoamérica a diferentes estrategias político militares y éstas derivaron en variadas conductas en el terreno humanitario. La mezcla religiosa con predominio de indígenas y campesinos, creó movimientos más radicales, conflictos más largos y menos consideraciones con relación al derecho humanitario. Algo que fue menos frecuente entre las fuerzas con componentes sociales urbanos, con mayor nivel de educación y con mayor énfasis e interés político.
 
Un movimiento guerrillero en realidad inventa sus propias reglas de conducta en el terreno humanitario y en tanto no es un estado, no se basa en el conocimiento del derecho, sino en lo que considera que le es políticamente conveniente. Los principios pueden ser positivos cuando tiene en primer orden lo político y ganar adeptos en un amplio espectro social y político y negativos cuando se sujetan más a lo ideológico y al interés de mantener simpatías en un campo social más reducido. En ese sentido un movimiento insurgente tiene siempre un código de conducta político, que en la práctica se con vierte en su normativo de derecho humanitario en relación a la población, prisioneros, heridos etc.
 
 
Solo dos movimientos insurgentes en América Latina han logrado alcanzar el poder; Cuba en 1959 y Nicaragua en 1979. Ambos movimientos tenían relativamente bajos niveles de fanatismo y conductas mas avanzadas en el terreno humanitario que otras guerrillas del continente. En el triunfo, la guerrilla nicaragüense priorizó la rendición de soldados a su aniquilamiento, dio buen trato a sus prisioneros, no realizó exterminios numerosos de espías y sostuvo una política de respeto y protección a la población civil. Ni en Cuba ni en Nicaragua estuvo presente el secuestro como práctica sistemática de los guerrilleros.
 
La no utilización del secuestro como medio de financiamiento le permitió a los guerrilleros nicaragüenses, aislar al gobierno, evitar una extrema polarización social y mantener simpatías incluso entre las clases sociales mas amplias. Las implicaciones políticas de esta conducta fueron determinantes para que la guerrilla de Nicaragua tuviera éxito en derrocar al gobierno. La estrategia se basaba en conquistar a la mayoría de los habitantes. Tanto el Frente Sandinista como el movimiento 26 de Julio en Cuba tenían como propósito primero la descomposición y el aislamiento del enemigo. Incluso en Cuba se aplicó la incorporación de soldados del ejército gubernamental a las propias filas rebeldes. En la etapa final de la guerra, el Movimiento 26 de Julio tenía una importante cantidad de soldados y oficiales del ejército del dictador Fulgencio Batista.
 
Existieron en América Latina peores dictaduras que las de Somoza en Nicaragua y Batista en Cuba que enfrentaron incluso guerrillas mas fuertes, sin embargo, estas fueron derrotadas como en el caso de Guatemala. Hay pues, una inevitable conexión entre el derecho humanitario y los niveles de éxito tanto de las estrategias de los insurgentes como de las fuerzas gubernamentales.
 
En El Salvador la guerrilla del Frente Farabundo Martí tuvo un desarrollo militar muy superior a los casos de Cuba y Nicaragua, en cuanto a número de efectivos, armamento, capacidad y territorio bajo su control. Sin embargo, los guerrilleros salvadoreños no lograron obtener una victoria militar. Indiscutiblemente que en esto último incidieron una multiplicidad de factores, pero entre éstos, está el efecto negativo que tuvo la práctica sistemática de secuestros de empresarios durante los años 70’s. Esto afectó la capacidad política de la guerrilla para ganar adeptos y realizar alianzas, una violación al derecho humanitario se convirtió en una debilidad para sus propias fuerzas.
 
Los secuestros de la guerrilla salvadoreña le proporcionaron cuantiosos recursos económicos, pero polarizaron el conflicto, provocaron mayor represión y evitaron el aislamiento interno del gobierno. Por otro lado la guerrilla salvadoreña tuvo una práctica mucho mayor de eliminación de espías, que en algunos casos adquirió dimensiones considerables y esto agravó la polarización social a nivel popular. Sin embargo, la guerrilla salvadoreña logró niveles de disciplina militar como ningún otro ejército guerrillero en Latinoamérica y pudo en la etapa final de la guerra incorporar de manera casi formal el derecho humanitario a sus filas. Logró la rendición y captura de millares de prisioneros incluidos oficiales de alto rango, tratando a dichos prisioneros conforme al derecho humanitario y utilizando para ello a la Cruz Roja Internacional (N.R.: Comité Internacional de la Cruz Roja). La motivación fundamental de la guerrilla salvadoreña para dar ese trato a los prisioneros, era reducir sus propios costos materiales y humanos en el combate, asegurando la rendición.
 
En el caso Nicaragüense la norma política que rigió a las fuerzas insurgentes puede sintetizarse en la consigna " Implacables en el combate, generosos en la victo ria " . Esta consigna funcionó como un código de conducta simplificado y primitivo, pero altamente creativo con relación al derecho humanitario, sobre todo en el trato a los prisioneros. Sin embargo, el impacto educativo de la consigna con relación al trato al enemigo se trasladaba automáticamente a la conducta de los guerrilleros con la población y otros aspectos humanitarios.
 
Probablemente esta consigna de carácter político, haya sido más efectiva que unos cursos formales sobre derecho humanitario. En ella estaba sintetizado un aspecto ético y político que orientaba los insurgentes. Demostrar que se es más humano que el enemigo y quebrar la voluntad de combate de éste con un acto de compasión, fueron un instrumento fundamental de la fuerzas sandinistas.
 
Los alcances educativos de esta consigna se hicieron sentir muchos años después, cuando ya las fuerzas insurgentes se habían convertido en el Ejército Popular Sandinista y combatían contra la Resistencia Nicaragüense en el año 1986. Durante ese período una fuerza de milicia derribó un avión piloteado por norteamericanos, que intentaba hacer llegar armas y municiones a la Resistencia. El ciudadano estadounidense Eugene Hassenfus fue capturado y tratado conforme a las normas de derecho humanitario, no por efectivos regulares del Ejército, sino por milicianos, sin que estos hubiesen recibido instrucciones del mando. Esto fue así a pesar de que nuestro país en ese momento, vivía uno de los períodos de mayor rechazo a la política de los Estados Unidos.
 
El pueblo nicaragüense es un pueblo que tiene el don de la palabra y es por ello tierra de muchos escritores y poetas. La consigna mencionada y otras similares, fueron instrumentos valiosos para establecer un puente con esa característica cultural de los nicaragüenses, a los que difícilmente hubiéramos podido comunicar el derecho humanitario desde una condición de fuerza insurgente y en plena guerra. En el caso de Nicaragua como en toda guerr a hubieron hechos graves con relación a los derechos humanos por parte de ambas partes, pero en términos comparativos no tuvimos la cantidad de magnicidios y matanzas que se dieron en El Salvador, ni el genocidio que vivió Guatemala.
 
Incluso en Nicaragua en el momento de la victoria hubieron menos ejecuciones que en el caso de Cuba, muchos de los miembros de la ex Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza fueron hechos prisioneros y después de unos años en prisión recuperaron su libertad. Probablemente esto explique porque nuestro proceso de reconciliación haya sido tan exitoso. Nuestros problemas de violencia de posguerra son muy inferiores a los que padecen Guatemala y El Salvador, y nuestra polarización política actual es un fenómeno lógico que tiene más relación con el aprendizaje democrático que con los deseos de venganza.
 
En relación a los problemas que la aplicación del derecho humanitario plantea para una fuerza insurgente, se pueden enumerar los siguientes: el deseo de venganza, el grado de fanatismo ideológico, los niveles educativos de los combatientes y las dificultades prácticas que a veces representa cumplir con normas humanitarias, para una fuerza irregular en condiciones de guerra.
 
El deseo de venganza y el fanatismo ideológico tienen relación con los factores que han originado el conflicto. En estos factores hay una relación bastante directa con como se comporten las fuerzas del gobierno. La creencia de algunos ejércitos convencionales, de que en determinadas circunstancias, el derecho humanitario entorpece la efectividad de su labor militar es un grave error, porque las violaciones contribuyen a la radicalización y al aumento potencial del conflicto. Una estrategia militar de las fuerzas de gobierno que incorpore el respeto al derecho humanitario tiene ventajas militares estratégicas, al igual que cuando la guerrilla las aplica. Un conflicto donde los resentimientos son muchos y donde hay razones para una polarizaci ón ideológica extrema, demandará de los dirigentes una mayor madurez y capacidad política, que por otro lado tendrá condiciones muy adversas para imponerse.
 
Los niveles educativos de los combatientes en una fuerza insurgente son por regla general muy bajos. Lo que permite crear una fuerza que responda de mejor forma a la disciplina, a la estrategia y a las normas del derecho humanitario, es entre otras cosa el desarrollo educativo que tenga los que componen su estructura de dirección, mandos medios y combatientes. La peor combinación es fanatismo ideológico en los niveles de dirección, con poca o ninguna educación en los niveles medios e inferiores. La existencia de una importante cantidad de mandos intermedios, con educación media o superior, crea más conciencia crítica y posibilidades de un desarrollo positivo. Esto hace factible una evolución que permita dejar atrás la inevitable etapa de fanatismo que acompaña el surgimiento de un movimiento insurgente.
 
En el caso de Nicaragua gran parte de los militantes del FSLN eran jóvenes provenientes de las ciudades, que contaban con educación básica, incluso la estrategia fundamental del FSLN fue la insurrección urbana. Dentro de lo que puede considerarse urbano para un país eminentemente agrícola y con ciudades muy pequeñas. Lo fundamental en Nicaragua fue que los combatientes sandinistas tenían no solo alguna educación, sino que contaban con un marco cultural superior, proporcionado por la vida en ciudades indistintamente del desarrollo del país.
 
En el caso de El Salvador la fuerza militar de las guerrillas del FMLN era mayoritariamente campesina. Sin embargo, dichas guerrillas contaban con un importante contingente de mandos intermedios con educación superior y media, provenientes de las ciudades, que se combinaban con jóvenes campesinos que tenían educación, resultado de una reforma educativa que durante los años 60’s llevó la educación básica y media a las áreas rurales de El Salvador. La g uerrilla salvadoreña pudo por ello desarrollar incluso programas educativos entre los combatientes y la población que después del conflicto fueron retornados e incorporados a los planes gubernamentales.
 

La educación es entre otras, una de las explicaciones al alto grado de desarrollo y eficacia militar de la guerrilla salvadoreña. Por esto le fue posible llegar a incorporar el derecho humanitario a la formación de sus fuerzas y a mantenerlo como demanda contra la fuerza gubernamental. En cambio las guerrillas de Guatemala o Perú, con amplias bases indígenas, enfrentaban el problema de que ni siquiera hablaban el mismo idioma, un enorme atraso educativo, grandes diferencias culturales y liderazgos con grados muy altos de carga religiosa y/o ideológico política. Esto plantea un problema muy serio a los esfuerzos de aplicación del derecho humanitario y hace los conflictos más cruentos y difíciles.
 
Las dificultades prácticas derivadas de la aplicación del derecho humanitario para una fuerza insurgente, sólo pueden ser superadas si ésta entiende que aplicarlo le proporciona ventajas estratégicas. Retener un prisionero o atender un herido del bando contrario, cuando los recursos para atender a los propios son escasos, es un problema menos difícil de superar, si la norma logra ser incorporada a los procedimientos militares como parte de la estrategia. De lo contrario, el requerimiento ético queda sin suficiente sustentación y hace difícil que sea aceptado y aplicado por los combatientes.
 
Una dificultad práctica mucho mayor para una fuerza insurgente, la constituyen por ejemplo, los riesgos que representa un espía para la vida de los miembros de sus redes de apoyo. Enfrentar las complicaciones de un arresto formal, mantener la retención y realizar un juicio que permita actuar conforme a derecho y finalmente considerar la posibilidad de la liberación de un espía enemigo es probablemente uno de los temas más difíciles en el terreno humanitari o para las fuerzas insurgentes. En algunos casos les resulta menos complicado dar el debido trato a un soldado enemigo que se ha rendido, que a un espía. De allí que la práctica de ejecuciones sumarias sea una de las violaciones más frecuentes de los grupos guerrilleros de cualquier signo ideológico.
 
Cuando el soporte social de la población a los dos bandos llega a ser igualmente importante, las violaciones que atañen a civiles pueden alcanzar proporciones dramáticas. Un conflicto más prolongado conlleva un riesgo mucho mayor en este orden y el trato a los civiles por la polarización que se produce dentro de la misma población, abona contra la implementación del derecho humanitario. Esto fue menor en el caso de Nicaragua y bastante más evidente en los casos Guatemala y El Salvador y uno de los mayores problemas en el actual caso colombiano, donde las regiones influenciadas por los contendientes están bastante delimitadas, por lo tanto la disputa de éstas se convierte en ataques permanentes a los civiles.
 
Teniendo en cuenta todos los problemas planteados anteriormente, se pueden establecer cuatro conclusiones importantes de cara a la aplicación del derecho humanitario en guerras de carácter irregular.

 

1. Lograr que el derecho humanitario sea visto como ventaja por los contendientes.

        2. Buscar formas de educación simplificadas y creativas del derecho humanitario.
    3. Fomentar y proteger la neutralidad real de los civiles.
    4. Alcanzar formas de compromisos internacionales por parte de los insurgentes.    
 

En relación al primer punto, la intención sería aplicar la misma regla que se aplica para empujar un conflicto a una solución negociada. Es muy difícil que las partes acepten la idea de una salida negociada, si no descubren que a través de ésta tienen ventajas y pueden lograr sino todos, gran parte de sus propósitos. De alguna forma hay que inducir y llevar a entender a las partes, que su conducta en el terreno humanitario les da ventajas ya sea militares o políticas. Que dichas ventajas ayudarán a un desenlace en favor de quien mejor aplique el derecho humanitario, ya sea en una salida negociada o incluso en la posibilidad de una victoria militar.
 
El planteamiento anterior al llevar a la aplicación del derecho humanitario, aun y cuando las partes comenzaran haciéndolo con el interés de vencer a su adversario, en la práctica se estaría abonando mucho más a la negociación que a la guerra, independientemente de cuáles sean las intenciones de las partes. En El Salvador, los canjes de prisioneros y las evacuaciones de lisiados de guerra, abrieron el camino al diálogo, a los acuerdos humanitarios y a la negociación pol ítica que puso fin a la guerra. En Nicaragua el caso Hassenfus fue útil para mejorar las condiciones que luego llevaron a entendimientos con los Estados Unidos.
 
En relación con el segundo punto y las formas de educar sobre el derecho humanitario, debe de partirse que donde existe un conflicto la regla general es que habrá serias deficiencias de educación o grandes barreras culturales. Esto obstaculiza la comprensión y simpatía hacia las normas de conducta a que obliga el derecho humanitario. El ejemplo de la consigna “implacables en el combate, generosos en la victoria”, es bastante elocuente en relación con lo rentable que resulta la utilización de una forma creativa de educación, ya que esto permite alcanzar ese propósito con muy pocas palabras. El descubrir una relación entre las normas del derecho humanitario y la cultura de un país en conflicto, puede facilitar la creación de puentes con los que interesa. Descubrir vínculos entre los valores éticos de la cultura propia del país y el derecho humanitario, es entonces un asunto esencial.
 
En relación con el tercer punto, referido a la neutralidad de los civiles, hay que partir de que en un conflicto de carácter interno, ambas partes se disputan el apoyo de la población, pero al mismo tiempo reprimen o persiguen el apoyo que dicha población da al contrario. En definitiva esto termina convirtiendo a los civiles en objetivos y multiplicando las violaciones al derecho humanitario. En tanto un conflicto dentro de un mismo país, atañe los intereses de sus habitantes, no es fácil que todos sean neutrales. Sin embargo, las guerras civiles no son fenómenos basados en la aprobación y participación mayoritaria de los nacionales.
 
Es importante entonces no sólo educar a los combatientes en el respeto a los civiles, sino también educar a la población sobre lo que es una neutralidad efectiva, para que ella misma reduzca sus propios riesgos. Promover la neutralidad entre los civiles y enseñarles a maneja r esa neutralidad con las partes, puede ayudar no sólo a reducir violaciones al derecho humanitario, sino también a disminuir la potencia al conflicto. Las posibilidades en este aspecto residen en que por muy difícil que sea un conflicto, siempre habrá sectores de la población que no quieren la guerra y en que siempre es mayoría la población que no quiere involucrarse.
 
En relación con el último punto, acerca de la importancia del reconocimiento internacional a los movimientos insurgentes, como camino para que apliquen el derecho humanitario, debe considerarse que dichos movimientos nacen y se desarrollan aislados, incluso las estrategias más comunes para derrotarlos, ha sido aislarlos más Una rápida comparación entre las guerrillas de Colombia y las de El Salvador muestra la gran diferencia que hace una guerrilla que fue reconocida o tolerada por estados y organismos internacionales, como la de El Salvador y otra que no.
 
Las guerrillas colombianas se han caracterizado por su autonomía política, logística y financiera, esto las hace que no estén sujetas a ninguna regla y a que sus actos no tengan consecuencias, no reciben presiones, ni críticas, ni estímulos, ni consejos y todo esto afecta el derecho humanitario. El actual gobierno de Colombia está modificando está situación y tratando de convertir a las guerrillas en un sujeto activo en política exterior.
 
En E1 Salvador las guerrillas fueron reconocidas por los gobiernos de Francia y México en 1982. Una decisión muy polémica en aquel momento de la política de los Estados Unidos. Este hecho tuvo un impacto muy grande en frenar el proceso de radicalización de los insurgentes y en que la negociación se terminara imponiendo como salida a la guerra. Obviamente este aspecto tendrá sus propias características en cada proceso, pero es una necesidad.
 
En el caso de Nicaragua durante la lucha contra la dictadura de Somoza, los gobiernos de Panamá, Costa Rica, Venezuela, Méxic o e incluso el gobierno del presidente Carter de los Estados Unidos, tuvieron una política de tolerancia hacia el Frente Sandinista y este pudo desarrollar amplia y cómodamente sus relaciones internacionales. Esto explica entre otras cosas, porqué no hubo una radicalización extrema en Nicaragua, porqué a pesar de todo 1a Revolución Sandinista pudo derivar en elecciones libres y democracia, y porqué el Ejército Popular Sandinista pudo ser transformado en Ejército Nacional de Nicaragua.
 
Por primera vez en la historia de Latinoamérica un Ejército que nacía como guerrilla y creció como parte de un gobierno, se convirtió en un Ejército para la nación sin distingos de colores políticos.
 
No fue un proceso sencillo; drásticas reducciones de personal en medio de la crisis económica que vive el país y la desconfianza de muchos sectores marcaron su nacimiento. Hoy sin embargo el Ejército de Nicaragua, no partidario sino profesional, es la institución de más prestigio en el país.
 
El derecho humanitario pasó así, de aquella consigna política guerrillera a convertirse en un profundo compromiso institucional, en manos de oficiales educados en el principio de que su obligación fundamental es defender nuestro territorio y proteger la seguridad de todos los nicaragüenses, cualquiera que sea la forma en que estos piensen.