¿Es la acción humanitaria de incumbencia de todos?

30-06-2000 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Jean-Luc Blondel

  Resumen: En los últimos tiempos, el término “humanitario” (como en “acción humanitaria” o en “esfuerzo humanitario”) se ha convertido en algo muy conocido. A menudo se ha empleado erróneamente, como en la expresión “intervención humanitaria”. El autor de este artículo, miembro de alto rango del personal del CICR recuerda que la acción humanitaria está destinada, ante todo, a salvaguardar y promover el bienestar del ser humano y a proteger a éste de la violencia y los abusos del poder. Posteriormente, analiza varias cuestiones de políticas que explican o apoyan la política humanitaria. Para resumir, presenta algunas conclusiones destinadas a preservar la verdadera índole de la acción humanitaria en las presentes circunstancias. En particular exhorta a que se adopte un enfoque diversificado para lograr el objetivo común, a saber, la protección de los necesitados.      

     

  Reflexiones en torno a un concepto (¿demasiado?) ampliamente utilizado hoy en día  

 
 
Aunque el término " humanitario " no es nuevo, se ha generalizado a tal punto en los últimos años que incluso corre el riesgo de perder su coherencia por la multitud de usos y abusos de que es objeto. Con frecuencia este calificativo se utiliza en oposición al término " político " , en particular con relación a la política exterior, incluida su dimensión militar. Otros, en cambio, se apropian de él de manera ultrajante (obsérvese la expresión " guerra hu manitaria " empleada en el marco de la guerra de Kosovo en 1999). Hasta aquí no se ha dicho nada radicalmente nuevo, es cierto, pero el tema merece debatirse. Lo haremos esencialmente desde la perspectiva de la acción y del derecho humanitarios, según el punto de vista de alguien que actúa al servicio de una organización específica, el Comité Internacional de la Cruz Roja.
 

La acción humanitaria se refiere en primera instancia al ser humano y coloca a la persona en el centro de su preocupación. Así pues, por " acción humanitaria " no entendemos una o varias acciones particulares, sino el esmero en que, respecto de cualquier hombre, se fije como objetivo fundamental de toda acción el bien del ser humano y la preservación de su dignidad. Es allí sin duda donde reside la ambición común de los principales instrumentos del derecho internacional encaminados a proteger a la persona humana: los derechos humanos, el derecho de los refugiados y el derecho internacional humanitario (y, en cierta medida, el derecho penal internacional, para el que es también un objetivo). Si existen tres conjuntos de derecho, es ciertamente porque las circunstancias particulares en las que puede encontrarse el ser humano varían y exigen una respuesta apropiada; estos tres " parientes " jurídicos buscan defenderlo contra los excesos, abusos o deficiencias que en el ejercicio del poder - político, militar o policial- se cometen en contra suya.
 

  ¿Puede una política ser humanitaria?  

 
El derecho humanitario se interesa por el hombre como ser esencial, en su sufrimiento, su desarraigo o su abandono, más allá de las consideraciones utilitarias, militares, económicas o políticas [1 ] . No obstante, no creemos que sea pertinente oponer lo humanitario a lo político, lo militar o lo económico. Lo que dice el derecho humanitario o lo que exige una acción humanitaria independiente e s que debe establecerse una justa distinción de ámbitos y una correcta articulación entre las esferas de responsabilidad de los distintos actores. En efecto, la política incluye la acción humanitaria como uno de sus parámetros, lo que se manifiesta por lo menos de dos formas:
 

  • Al ratificar los Convenios de Ginebra de 1949, sus Protocolos adicionales de 1977, o cualquier otro tratado de derecho internacional humanitario, los Estados expresan claramente su voluntad de respetar y hacer respetar dicho derecho en cualquier circunstancia. Es pues, una acción política lo que se espera de ellos, por lo que atañe a la promoción del derecho y de los valores humanitarios.

  • En consecuencia, numerosos Estados incluyen una dimensión humanitaria en sus objetivos nacionales e internacionales, en especial al aportar ayuda financiera a entidades privadas e instituciones internacionales " especializadas " en la acción humanitaria.
     

En términos de personas, y no solamente de programas políticos o de partidas presupuestarias, queremos creer que algunas autoridades gubernamentales se interesan personalmente en promover una orientación de esta naturaleza, tanto por convicción o por experiencia, como en el sentido de una política gubernamental bien entendida en su dimensión global. Sin embargo, no creemos, ni tampoco esperamos en modo alguno, que un programa gubernamental pueda ser exclusivamente humanitario, ya que lógicamente debe cumplir otras funciones (por ejemplo la seguridad de los ciudadanos), tener en cuenta otras exigencias, efectuar arbitrajes entre grupos variados cuyos intereses, aunque legítimos, no siempre pueden satisfacerse plenamente. Asimismo, todo poder debe velar por conservar el apoyo necesario (medios de comunicación, electores, etc.) para perdurar; en consecuencia, buscará la forma de preservar sus propios objetivos, seleccionando las opciones que se adapten mejor a su estrategia. En este sentido, se verá obligado, esperemos que con cierto dolor, a elegir entre " víctimas útiles " y " víctimas menos útiles " , y se verá imposibilitado en ciertas circunstancias para conciliar los intereses a corto plazo y la defensa de la dignidad humana, a largo plazo y dondequiera que sea necesario.
 

Por otra parte, creemos que la acción militar no es impermeable a las preocupaciones humanitarias. En primer lugar, y esto es fundamental, los Estados y sus ejércitos han aceptado los límites en la participación militar, que es justamente lo que representa el derecho internacional humanitario. En segundo lugar, los que podríamos llamar ejércitos no combatientes pueden prestar sus servicios a las organizaciones humanitarias, en particular desde el punto de vista logístico. Sin embargo, no consideramos oportuno que los ejércitos, que son instrumentos de la política nacional -o en ciertos casos intergubernamental (como la OTAN)-, reemplacen a dichas organizaciones; en efecto, los ejércitos siguen siendo la expresión y la imagen de un poder que ellos mismos ilustran mediante el despliegue de la fuerza y, por ende, de la coerción, ya sea ejercida o en potencia. No cabe duda de que hay que establecer una diferencia entre las situaciones derivadas de los desastres naturales y aquellas que resultan de los conflictos armados. En el primer caso, desde la perspectiva de las víctimas, la intervención del ejército puede preservar la imagen de una fuerza altruista y políticamente desinteresada; no ocurre lo mismo, en cambio, en el caso del conflicto, en que el ejército es considerado por esas mismas víctimas como la causa de su sufrimiento, pese a que la intervención militar pueda justificarse (o por lo menos presentarse como justificada) en el sentido de que su objetivo es frenar una situación de abuso o de violación de los derechos humanos.
 

Nos parece muy acertado el comentario de un participante e n el segundo encuentro de Wolfsberg que anotaba que " si bien todo está relacionado, si bien todo tiene implicaciones políticas, si bien se observa una imbricación de las esferas de lo humanitario, del desarrollo y de la política, los diferentes actores no pueden sustituirse unos a otros; las tres esferas tienen sus propias fronteras aun cuando éstas sean cambiantes " [2 ] .
 

En nuestra opinión, pueden coexistir entonces una política humanitaria (en el sentido de una política que incluya una dimensión humanitaria), una acción militar humanitaria y hasta una economía humanitaria. Pero, ¿cuál debe ser la función de la acción " específicamente humanitaria " , de lo humanitario " puro " ? La pureza aquí no existe en realidad y la moral de los trabajadores de lo humanitario no es necesariamente superior a la de los políticos o los militares. Éstos, sencillamente, se dedican a otro trabajo. El " oficio " de las organizaciones humanitarias es brindar, de forma eficaz y, si es del caso, rápida, la ayuda que requieren las víctimas y distribuirla de manera imparcial.
 

  ¿Qué principios deben invocarse?  

 
El propósito del presente artículo no es analizar en detalle las dimensiones, los riesgos y las posibles ambigüedades de la acción humanitaria [3 ] , sino examinar su fundamento doctrinal. Si bien en un comienzo los Principios Fundamentales de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia se consideraban como propios de la Cruz Roja [4 ] , con frecuencia son utilizados por otros (en especial por organizaciones no gubernamentales, e incluso por algunos gobiernos) para justificar su acción. No obstante, en todo caso, estos actores no confieren a esto principios el mismo significado ni ponen el mismo rigor en su ejecución. Es evidente que la Cruz Roja no puede adjudicarse el monopolio de la interpretación de conceptos que no le pertenecen de manera exclusiva, pero sí puede, al menos, exigir que no se desnaturalice su acción mediante el uso abusivo por parte de otras entidades [5 ] .
 

El principio de humanidad puede ser reivindicado por muchos [6 ] ; es, en todo caso, evidente para quienes poseen sensibilidad y resulta, en mayor o menor grado, de la exigencia de solidaridad. Quizás no se trate propiamente de un principio, sino de una intención, de un objetivo. Sólo al analizar los demás principios se puede precisar la dimensión concreta del compromiso humanitario.
 

En nuestra opinión, toda acción humanitaria, sea cual fuere el agente (organizaciones no gubernamentales, Estados, Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja), debe respetar el principio de imparcialidad si ésta pretende presentarse como humanitaria. No nos referimos aquí a la imparcialidad que se mide a escala universal, donde las necesidades más urgentes no son (¡desafortunadamente!) la pauta para determinar las prioridades de la política y la economía internacionales; aludimos, más bien, a la imparcialidad que se imprime a una acción específica en las operaciones de socorro: sería profundamente inhumano determinar la calidad y la cantidad de la ayuda atendiendo a un criterio distinto al grado de urgencia de las necesidades. No queremos decir que en la práctica ocurra siempre así, pero rechazamos, por despreciable y no humanitario, todo favoritismo, racismo, privilegio político, religioso o étnico que pueda motivar la acción sobre el terreno.
 

En cambio, no esperamos que toda acción humanitaria sea neutral ni independiente. De hecho es perfectamente posible concebir que una organización tome partido por un bando y le brinde ayuda exclusiva; tal acción seguirá siendo humanitaria. De igual forma, una organización que depende de un solo donante o de un solo partido puede brindar una ayuda útil, sea cual fuere su margen de maniobra política. Sin embargo, en los dos casos mencionados, esperamos q ue, en el momento de la acción, se respete el principio de imparcialidad. Aunque para la Cruz Roja, estos principios van siempre de la mano [7 ] , tal vínculo no se impone para todo el mundo.
 

¿No será entonces obsoleto e irreal pretender mantener a toda costa unidos los principios de imparcialidad, neutralidad e independencia, como lo hace la Cruz Roja, y en particular el CICR? ¿Cree acaso el CICR que es posible escapar a las presiones políticas? ¿No demuestra más bien una ingenuidad culpable al pensar que su acción puede hacer caso omiso de las ambigüedades y trampas que enfrenta toda acción en el terreno de los conflictos? Obviamente la respuesta es negativa, en ambos casos. Toda acción encierra cierta dosis de ambigüedad y está sujeta a presiones. Únicamente la inacción escapa a las críticas, aunque no siempre. Quien actúa está siempre expuesto, en primera instancia a sus propios interrogantes: ¿Será suficiente? ¿Estará bien hecho? ¿Debería actuar de otra forma?, ¿en otra parte?, ¿por más tiempo? El trabajador humanitario, si es honesto, casi siempre debe reconocer que debería hacer más y mejor. Es el primero en percibir la magnitud del sufrimiento, la intensidad de la destrucción, la dimensión de las necesidades, y su acción le parecerá siempre modesta e insuficiente. Asimismo, se sentirá golpeado, y con razón, por la " competencia " de otros actores, la parcialidad de los medios de comunicación, la insuficiencia de los recursos y la ceguera, con frecuencia hipócrita y fingida, de los Estados o de la " comunidad internacional " .
 

No queremos decir que la acción realizada por el CICR podría escapar a las presiones políticas, ni pretendemos defender tal tesis: según Jean Pictet, el agente humanitario es un " nadador " que nada en las aguas de la política sin ahogarse, pero que a veces " traga agua " o necesita un salvavidas. No obstante, ni la existencia de presiones políticas, ni la utilización de la acción humanitari a por las partes en conflicto eliminan en manera alguna la exigencia de la neutralidad; únicamente la independencia permite, retomando la imagen del nadador, atravesar el río de una orilla a otra sin ser arrastrado por la corriente. No tomar partido es situarse del lado de los que sufren, de los desamparados, de las personas abandonadas y manipuladas. Implica asimismo garantizar la acción en el largo plazo: al mantener la confianza de todos, la Cruz Roja podrá prestar sus servicios no sólo en momentos de urgencia sino también a lo largo del proceso de reconciliación, que siempre es necesario, así como durante el período de reconstrucción y restablecimiento de las relaciones en el seno de la comunidad o entre las diferentes comunidades. La satanización del adversario, la asimilación de todo un pueblo (un país) a la política de sus dirigentes, el simple hecho de recurrir a las armas, ¿representan acaso soluciones sostenibles? ¿Debería acaso el CICR abandonar su independencia y su neutralidad por estos " ideales " ?
 

  La neutralidad: ¿obsoleta o peligrosa?  

 
Otro reproche que se hace al CICR, y a veces a la Cruz Roja en general, es que pretende adoptar una neutralidad cómplice, cuando habría que denunciar las violaciones de los derechos de las personas víctimas de un conflicto, de una situación de violencia o de la opresión. Conviene recordar que neutralidad, al menos para el CICR, no significa silencio; sin embargo, hay muchas formas de hablar, de llamar la atención sobre la injusticia o el incumplimiento de las normas. Por lo demás, en los últimos años, el CICR se ha comprometido ampliamente, de manera visible y audible, en favor del respeto del derecho humanitario. El CICR no pierde su neutralidad cuando pone de manifiesto violaciones del derecho internacional humanitario, ya que su mandato se basa precisamente en este derecho; por el contrario, señalar el incumplimiento de este dere cho hace parte de su aplicación. Inversamente, el " silencio " del CICR en determinadas circunstancias no es un coartada ni una debilidad; si no interviene públicamente, es porque, a su juicio, existen otros medios más adecuados para lograr el objetivo buscado: la protección eficaz de las víctimas del conflicto armado. Aquí debemos insistir una vez más en la importancia de la continuidad en el largo plazo, es decir de mantener la posibilidad de actuar con todas las partes que intervienen en un conflicto y de dar una oportunidad a las evoluciones políticas, a los cambios de personas, a las transformaciones progresivas de una sociedad o de un gobierno. La denuncia puede ser un reconocimiento de debilidad, una reacción sin continuidad a una situación que se percibe como bloqueada. Por su parte, el trabajo de persuasión, de diálogo constante e insistente implica quizás mayor valor y exige una movilización de energías a más largo plazo. La " injerencia en los asuntos internos " de un país puede ser necesaria en algunos casos, mientras que en otros momentos y lugares la soberanía de un Estado (aunque ciertamente no la sumisión a ella) representará un instrumento más sólido para influir sobre un actor político o militar.
 

El principio de neutralidad que abandera el Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja ha sido objeto de numerosos malentendidos. Según han manifestado algunos, se sospecha que esta neutralidad conduce a una complicidad con ciertos gobiernos poco interesados en el respeto del ser humano; otros la consideran como una expresión de la ingenuidad que caracteriza a las almas generosas. Dentro del mismo Movimiento, algunos la identifican con una actitud de pasividad y quieren entonces agregarle al menos un calificativo: neutralidad activa. De hecho, la neutralidad de la Cruz Roja es precisamente la ilustración de su voluntad de acción: la neutralidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para actuar (mejor). Neutral y, por lo tanto, activa; activa en c uanto que es neutral; así podría definirse la Cruz Roja. La acción a la que nos referimos aquí no es partidista; o, más bien, busca la eficacia mediante una toma de partido, pero únicamente por la víctima; no es su intención alinearse respecto de ninguna opción ni calificación política que impliquen excluir a un segmento de la población necesitada.
 

  Funciones distintas, responsabilidades específicas  

 
No tenemos la arrogancia de pretender que un camino sea, por principio, superior a otro. En un mundo complejo presa de amenazas múltiples, sería ilusorio querer reducir la acción humanitaria a un modelo único. Preferimos confiar, como lo demuestra en especial Paul Bonard, en el carácter complementario de las formas de acción de los diferentes actores humanitarios [8 ] : la denuncia (forzar), la persuasión (convencer), la sustitución (reemplazar), tienen todas ellas un valor intrínseco, según las situaciones y los problemas que estén llamadas a resolver. No obstante, no todos los actores pueden utilizar la misma forma de acción ni cambiarla constantemente, ya que ello afectaría su credibilidad y eficacia. Nada puede evitar el desconcierto moral y sería una ilusión pensar que pueden evitarse los dilemas éticos que supone toda acción [9 ] . Esto sin tener en cuenta que la acción, incluida la acción humanitaria, debe enfrentar una " ecología " que, para utilizar la expresión de Edgar Morin, hace imposible dominar a fondo cualquier proceso. " Debemos ser conscientes de lo que yo denomino'la ecología de la acción', es decir que en la medida en que la acción entra en el juego de acción-reacción con el medio social o político, escapa cada vez más a la voluntad y las intenciones de quien la inicia. Las consecuencias a largo plazo de la acción política son totalmente impredecibles. A esto hay que añadir la incertidumbre ética. Si los medios viles corrompen los fines nobles, puede ocurr ir que los fines viles se vuelvan contra sus autores en virtud de la ecología de la acción, así como puede ocurrir que los fines nobles sean percibidos como medios para lograr fines viles " [10 ] . Lo anterior se aplica también, aunque con algunos matices, al compromiso humanitario y constituye un llamado a cada uno de los actores de la acción humanitaria a mantener la prudencia y una modestia constante.
 

Cerca de lo humano en lo más personal y al mismo tiempo en lo más universal, como es su sufrimiento, el " trabajador humanitario " es consciente de la fragilidad de su compromiso. Pero de esa modestia se deriva también su fuerza o como dice Antonio Bruel: " La humildad de la Cruz Roja es la que le permite saber lo que puede hacer hoy, y su creatividad y ánimo de progreso lo que debe aprender hoy para poder hacer mañana " [11 ] .
 

Así pues, abogamos por una clara distinción entre los actores y por una responsabilidad de cada cual en su campo específico, con el fin de poder aportar la más amplia variedad de respuestas posibles al sufrimiento humano. Se trata de una ación complementaria que debe tener en cuenta la multiplicidad de situaciones que se presentan y que debe idear constantemente " respuestas " a las necesidades cambiantes. La naturaleza complementaria se aplica tanto al espacio (cada uno debe ocupar un sitio específico para cubrir un territorio determinado y garantizar una coordinación adecuada cuyo objetivo principal es brindar la asistencia que requieren las víctimas), como al tiempo (se trata de ofrecer una ayuda duradera, más allá de la urgencia, para que la comunidad recupere su dignidad, su autonomía y su creatividad). La acción humanitaria (y sus diferentes actores), la militar (en cuanto a la seguridad que puede aportar) y la política (al dar prioridad a los intereses generales sobre los individuales) cumplen cada cual su función dentro de este engranaje. Pero la acción humanitaria, en particular, no puede reem plazar a la política (aunque la política o la militar pueden " presentarse como humanitarias " , lo que no resuelve mucho). Entonces es imperativo buscar juntos, en un clima de respeto mutuo, las mejores soluciones para aquél a quien todos pretendemos servir: el ser humano víctima de la violencia o el desarraigo.
 

  Jean-Luc Blondel es jefe de la División de Doctrina y Cooperación en el seno del Movimiento, Comité Internacional de la Cruz Roja.
 
 
  Notas  

 
  "Muchas de las citas y referencias de los artículos de la Revista tienen una traducción oficial al español de la que no disponemos aún; hemos optado por traducirlas para beneficio del lector hispanohablante. Esperamos que para el momento en que publiquemos la versión papel de la Revista ya podamos incluir las traducciones oficiales. En la versión de la Web, para la paginación de dichas referencias, cuando no disponemos de la traducción oficial mantenemos la numeración de la versión en el idioma original, la cual, obviamente, no corresponderá a la del español." [Nota del traductor]  

 
 
1. Jean-Luc Blondel, " Significación del término'humanitario', a la luz de los Principios Fundamentales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja " , RICR, n° 96, noviembre-diciembre de 1989, pp. 538- 547.

2 . Report on the Second Wolfsberg Humanitarian Forum , 5-7 de junio de 1998, CICR, Ginebra, p. 87. (Traducción CICR).

3. Véase en especial J. Moore (dir.), Des Choix difficiles. Les dilemmes moraux de l' humanitaire, París, Gallimard, 1999; H. Rosenthal (dir.) Ethics and International Affairs , A reader , 2a. ed., Carnegie Council on Ethics and International Affairs, Washington D.C., 1999; K.A. Maynard, Healing Communities in Conflict. International Assistance in Complex Emergencies. Columbia University Press, New York, 1999.

4. Que incluyen igualmente voluntariado, unidad y universalidad.

5. Acerca de la interpretación " clásica " de los principios fundamentales, véase J. Pictet, Los Principios Fundamentales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, Institut Henry-Dunant, Ginebra 1979; François Bugnion, Le Comité International de la Croix-Rouge et la protection des victines de la guerre, CICR, Ginebra, 1994, en particular las páginas 424-432, 944-95.

6. Véase también Hugo Slim, Sharing Universal Ethic . Spreading the Principle of Humanity Beyond Humanitarism , ECHO/ODI Conference on Principle Aid in an Unprincipled World: Relief, War and Humanitarian Principles, Londres, 1998.

7. Véase Marion Harroff-Tavel, " Neutralidad e imparcialidad. De la importancia y la dificultad para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja de guiarse por estos principios " , RICR, n° 96, noviembre-diciembre de 1989, pp. 569 y ss.

8. Paul Bonard, Les modes d'action des acteurs humanitaires. Critères d' une complémentarité opérationnelle, CICR, Ginebra, 1998.

9. Véase a este respecto el lúcido análisis de Hugo Slim, Doing the Right Thing, Relief Agencies, Moral Dilemmas and Moral Responsibility in Political Emergencies and War, Studies on Emergencies and Disaster R elie f N° 6 , Nordiska Afrikaninstitut, Uppsala, 1997 .  

10. E. Morin et S. Naïr, Une politique de civilisation ,   Arléa, París, 1997, p. 27.

11. Antonio Bruel i Carreras, Ciento Cuarenta Años de Utopía. Reflexiones acerca de los principios fundamentales de la Cruz Roja y de la Media Luna, Cruz Roja Española, Madrid 1999, p. 28.