Los informes de los periodistas no pueden evitar los conflictos

30-09-2000 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Cristoph Plate

  Resumen:

¿Es verdad, como opinan muchos observadores, que los medios de comunicación pueden cambiar el mundo? Aprovechando sus experiencias, vividas sobre todo en África, el autor examina las dificultades del oficio de periodista en situaciones de crisis, y los límites que se le imponen. Tras examinar el cubrimiento que han hecho los medios de los recientes dramas humanitarios acaecidos en África, llega a la conclusión de que el poder de éstos para prevenir un conflicto o una catástrofe es en realidad muy débil, incluso nulo. 
 

 
 

  Decreciente interés por el contexto histórico y el análisis del conflicto  

 
Durante el genocidio ocurrido en Ruanda en abril de 1994, un locutor alemán de noticias me preguntó, recién llegado yo en condición de corresponsal extranjero y repentina e inesperadamente inmerso en una guerra, cómo estaban en realidad las cosas entre los tutsis y los hutus en ese país. Era evidente que el locutor no se había preparado bien para esta emisión en vivo o quizás no era su mejor día. Yo me las arreglé para disimular el desafortunado error: desde luego, lo que él quería decir era los hutus y los tutsis. Este desliz planteó la cuestión de cuán difícil debía ser para el lector, el oyente y el televidente entender esta realidad, si el mismo periodista no logra captar correctamente ni siquiera los hechos más importantes sobre el genocidio más grande ocurrido en África en tiempos modernos. En ese entonces, desde abril hasta junio de 1994, se podía ver diariamente a las víctimas de las masacres en las pantallas de t elevisión de Europa y Estados Unidos. Sin embargo, muy poca gente tenía una idea clara de quién estaba destrozándole los sesos a quién en Ruanda, y mucho menos había alguien que pudiera ahondar en la cuestión de por qué estaba esto sucediendo o si se pudo haber evitado.
 

Y lo que parece lejano para el destinatario de las noticias también lo es para los políticos. En las salas de redacción, los informes sobre escaramuzas, futuros actos de guerra o masacres inminentes, quizás capten la atención del periodista especializado en el tema pero para los demás tienen poco interés. Sería bueno, aunque ingenuo, creer que mediante informes críticos los periodistas y corresponsales en África pueden evitar los desastres provocados por el ser humano. Lo cierto es que los corresponsales extranjeros elaboran sus informes para sus clientes en Europa y Estados Unidos. Incluso si escriben para medios de habla inglesa o francesa, a los señores de la guerra del continente africano poco les importa lo que se diga sobre ellos en Newsweek o Le Monde .
 

Sólo cuando estalla la guerra, cuando la hambruna causa sus estragos, o cuando ocurre una masacre, la gente empieza a preguntarse por las causas. Es entonces cuando el período previo al desastre se convierte en noticia o da lugar a un artículo de fondo. Los informes en los medios de comunicación pueden influir en los conflictos, pero difícilmente pueden evitarlos. Las imágenes de televisión crean la atmósfera propicia. Un informe impactante sobre una hambruna o, mejor aún, imágenes sobre madres demacradas y niños llorando, pueden incitar a la acción a un ministro competente o a parlamentarios comprometidos de Europa o de Estados Unidos, quienes, a fin de cuentas, están interesados en la reelección. Pero los políticos no ganan votos por evitar enfrentamientos bélicos, y las advertencias oportunas y la prevención de conflictos son incompat ibles con la forma en que, al parecer, trabajan actualmente los políticos y la prensa.
 

Por supuesto que hay docenas de excepciones –los diarios serios que no se dejan llevar por la corriente en sus publicaciones ni se sienten obligados a destacar todos los tópicos porque otros lo hagan, o el político que no actúa impulsado por el interés oculto de ganar elecciones -. Sin embargo, estas excepciones son cada vez más escasas. Tanto en la política como en el periodismo, el ritmo lo marca la competencia, la abundancia de la información y la rapidez de su transmisión. Casi nunca se toma suficiente tiempo para la reflexión. Una buena acción que realice hoy un político, queda ya olvidada mañana. ¿Cuántos lectores de diarios franceses o belgas pueden recordar lo que hicieron sus gobiernos al principio de este año por socorrer a los habitantes de Mozambique que estaban atrapados por las inundaciones?
 

Con todo, muchos observadores aún creen que el periodismo pueden cambiar el mundo. Se cita como un ejemplo alentador el papel desempeñado por los corresponsales durante la guerra de Vietnam. El gobierno de Estados Unidos sólo se sintió forzado a negociar la paz con el Vietcong cuando, luego de muchas protestas, los informes gráficos y las imágenes de la manigua de Indochina indignaron a la opinión pública estadounidense. Desde entonces, ninguna guerra con intervención masiva de los Estados Unidos ha recibido una divulgación informativa tan libre, pues los estrategas militares resolvieron que no se debería volver a permitir que los periodistas ejercieran tanta influencia en el resultado de las hostilidades. Por lo que sé, desde Vietnam, la prensa no ha logrado evitar ni poner fin a ninguna guerra.
 

  Un periodista en Ruanda  

 
Regresemos a Ruanda y a l a cuestión de si el periodismo puede lograr algo en situaciones de crisis. En marzo y abril de 1994, corresponsales de la BBC informaron desde la capital Kigali que se estaban gestando problemas graves. El gobierno de Ruanda bajo el mando del presidente Habyarimana y los rebeldes del Frente Patriótico de Ruanda (FPR) habían acordado poner fin a la guerra civil mediante el tratado de paz de Arusha. En adelante, se permitiría a la minoría tutsi una mayor participación en la vida pública y en el gobierno. Poco antes de que se formara un gobierno de coalición, aumentó la tensión en la capital debido a que se esparcieron rumores de que políticos cercanos al Presidente nunca estarían de acuerdo con compartir el poder con los rebeldes. El comandante de las tropas de Naciones Unidas, el General canadiense Romeo Dallaire, telegrafió a Nueva York para advertir sobre un posible genocidio; informaba que, por las noticias que había recibido del ejército de Ruanda y del partido gobernante, presagiaba un desastre de dimensiones sin precedentes y que se estaba armando poderosamente a las milicias. No obstante, no se escucharon sus advertencias, como tampoco las de los periodistas. Kofi Annan, a la sazón responsable del envío de las tropas de Naciones Unidas, y por lo tanto jefe del General Dallaire, pasó por alto las advertencias que llegaban de Kigali. Hay que reconocer, sin embargo, que pocos podían haber imaginado la magnitud de las matanzas y atrocidades que se iniciaron el 6 de abril. El genocidio que durante los tres meses siguientes cobró un millón de víctimas - muchas de ellas descuartizadas con armas blancas- sobrepasó la imaginación de los periodistas y del personal los organismos de socorro.
 

Pocas horas después de empezar la carnicería, ya era inminente el desastre en ese pequeño país. Sin embargo, sólo algunos corresponsales ocasionales se desplazaron a Ruanda durante los primeros días y semanas. ¿Fue el temor a los peligros o la falta de comodidades para viajar lo que impidió que tant os colegas llegaran a Ruanda, o fue que quedaron mudos ante los horrores que allí tenían lugar? Más aún, sólo unos pocos organismos de socorro permanecieron en el país; uno de ellos fue el CICR, que operaba un hospital en el centro de Kigali. Mientras tanto, continuaban las matanzas. Río abajo flotaban cadáveres con los vientres hinchados, y se arrojaba en letrinas a las víctimas de las masacres. Los organizadores del genocidio hacían su trabajo meticulosamente, incitando a la matanza desde transmisores móviles de radio y leyendo los listados de las siguientes víctimas... Pero nadie escuchó los llamamientos del General Dallaire, de los periodistas y de los organismos de socorro para que los gobiernos extranjeros y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas enviaran más tropas a Ruanda, a fin de poner fin al baño de sangre. Los gobiernos en Bonn, Londres y París, así como el Consejo de Seguridad en Nueva York, redujeron drásticamente las tropas, en lugar de aumentarlas, dejando estupefactos a quienes habían dado la voz de alerta. Luego, tras el asesinato de diez soldados belgas, cometido por milicianos, se retiró a la mayoría de los contingentes de Bélgica, Senegal, Ghana, India y Zimbabwe, para evitar exponerlos a más riesgos. Era esto precisamente lo que esperaban los perpetradores del genocidio.
 

El puñado de periodistas y representantes de organismos de socorro que permaneció en Ruanda lo hizo contrariando instrucciones procedentes de sus sedes. El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, a quien a veces se acusa de no atenerse a los hechos y de inventarse sus propias historias, criticó el hecho de que la corresponsalía de guerra moderna dedica poca atención al contexto político y ninguna en absoluto a las causas históricas de los acontecimientos. Pero dado que ALGUNOS periodistas no tienen respuestas a sus propios interrogantes, menos pueden contestar a las preguntas de los destinatarios de las noticias ni hacer va loraciones adecuadas.
 

  Dos clases de informe periodístico  

 
En la elaboración de informes acerca de África o generados desde este continente, cabe distinguir dos grupos de periodistas, bien diferenciados entre sí, según su grado de familiaridad con el tema. El primer grupo comprende corresponsales extranjeros con sede en Abidyán, Johannesburgo o Nairobi, quienes por lo general han efectuado un minucioso estudio de la zona sobre la cual informan. Aunque, al parecer, es algo que ha dejado de tener importancia, la mayoría de estos corresponsales son muy versados en la historia del continente, las causas de sus conflictos, su literatura y las costumbres practicadas desde Abuya hasta Zanzíbar. Pertenecen también a este grupo los periodistas en las salas de redacción encargados de los temas africanos, quienes mantienen un contacto regular con sus corresponsales en África. El segundo grupo lo conforman todos aquellos que acuden al sitio de los acontecimientos sólo cuando se presenta allí un desastre. Muchos de los reporteros que vienen de todo el mundo muchas veces ni están seguros del sitio en que se encuentran. En muchos casos, ni siquiera hablan el idioma colonial del país en cuestión, ni tienen idea de cuándo o por qué el país alcanzó su independencia o de quién la obtuvo. Este grupo está formado generalmente por “semiprofesionales”, como los denominó alguna vez el socorrista alemán Rupert Neudeck, quienes, muy jóvenes y ávidos por sobresalir, se encuentran bajo tremenda presión de los jefes de redacción en sus países de origen para que remitan las historias más sensacionales que puedan obtener. Después de todo, deben justificar los gastos de su viaje.
 

Cuando, en julio de 1994, ya había finalizado el genocidio en Ruanda, muchos de estos reporteros volaron al pueblo de Goma, al oriente del Congo, justo al pasar la frontera con Ruanda. Allí se congregaban cientos de miles de refugiados ruandeses que habían huido al vecino país por temor a las represalias al final de la guerra civil y del genocidio.
 

Los informes enviados por esta impresionante cantidad de reporteros originaron una oleada de ofertas de ayuda. En Alemania, la compasión para con la suerte de los refugiados llegó a tal punto que el Canciller alemán organizó una serie de misiones cortas de médicos y enfermeras voluntarios que, sin embargo, terminaron en un fiasco porque no se había preparado adecuadamente a los voluntarios. De entre los periodistas y representantes gubernamentales que habían llegado de Europa, muy pocos se interesaron en saber por qué los refugiados habían llegado a Goma y en notar que, entre los ruandeses, que estaban plagados de cólera y desnutrición, había también numerosos asesinos. Se hizo además caso omiso de las críticas al hecho de que en los campos de refugiados se mantenían las estructuras represivas que habían hecho posible el genocidio en Ruanda.
 

Quizás muchos de los sobrevivientes del genocidio consideraron una burla las hordas de periodistas y la afluencia de ayuda a los refugiados de Ruanda. Pero la carencia de conocimiento histórico e interés político parecía ser la continuación del silencio de la comunidad internacional en los días del genocidio. Los gobiernos y los organismos de socorro intentaron compensar su inercia en los días de la matanza con una generosa asistencia a los refugiados, incluidos los muchos asesinos que había entre ellos.
 

Pero, por otra parte, no siempre es fácil para los corresponsales enviados en misión a África emitir advertencias y exhortaciones. Un conflicto que se ve venir en Kosovo provoca un interés más inmediato para los jefes de redacción que una inminente masacre en Burundi o Liberia. Es parte de la naturaleza humana preocuparse más por las guerras que se libran en el vecindario que por las que tienen lugar en sitos lejanos. La guerra de Vietna m no fue una excepción a ello pues, en la medida en que allí murieron treinta mil estadounidenses, fue una guerra que se sufrió en cada uno de los hogares de Estados Unidos.
 

  El poder de la imagen visual  

 
Por lo demás, se tiene la creencia de que las advertencias sobre desastres no son competencia de los medios electrónicos; se supone que es algo que atañe a los periódicos. La televisión transforma la noticia en imágenes animadas y no se puede filmar, por ejemplo, las masacres que están a punto de suceder en Burundi o la reanudación de las hostilidades en Sierra Leona. No obstante, para muchos periódicos los acontecimientos sólo son noticia cuando la gente ya ha visto las imágenes en televisión. Así sucedió con las masacres en Burundi y las mutilaciones en Sierra Leona que sólo se volvieron noticia -con visos sensacionalistas- cuando se mostró a las víctimas por televisión.
 

Los organismos de socorro se han percatado de que el medio más importante para ellos es la televisión. Por razones similares, en casos de levantamientos, los rebeldes ocupan en primer lugar las estaciones de televisión, y luego la sede del gobierno. Quien controla las emisiones de televisión controla al pueblo, sus opiniones y sus sentimientos. Las imágenes televisadas dan a conocer a la organización y hace que fluyan las donaciones. Durante la guerra de Kosovo, Rupert Neudeck, jefe de la organización de ayuda Kap Anamur, apareció en varias ocasiones en la televisión alemana y, después de ello, su pequeña organización recibió tantas donaciones que no tuvo más remedio que ceder varios millones a otras organizaciones de socorro.
 

Para mantener vivo el interés en las emergencias y desastres debe haber algo que los esté recordando constantemente. La rivalidad entre los organismos de socorro equivale a la competencia entre los medios por una noticia de interés. Muchos de los organismos de socorro que nacieron del compromiso social en las tres últimas décadas, rivalizan por las donaciones de patrocinadores y por las contribuciones procedentes de presupuestos nacionales o de la Unión Europea. Están en juego los empleos en los organismos de socorro y los de sus proveedores.
 

Los esfuerzos por captar la atención de los periodistas mediante folletos informativos, estadísticas y advertencias alarmantes sobre hambrunas, inundaciones y sequías inminentes han alcanzado dimensiones enormes. Los corresponsales han desarrollado cierto instinto que les permite distinguir entre los organismos que hacen advertencias sólo cuando la emergencia es real y los que arman una tempestad en un vaso de agua.
 

Un ejemplo de ello lo constituyen las advertencias sobre una hambruna inminente en Etiopía en la primavera de 2000. Hacía ya meses que el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas venía alertando sobre la existencia de cuellos de botella en la provisión de alimentos y haciendo llamamientos para que se implementara una política previsiva en el suministro. La prensa se enteró de la sequía en Etiopía más por una cuestión de azar. El ministro de relaciones exteriores de este país pronunció un discurso en el que atacó a Occidente e instó a las autoridades a no esperar de nuevo a que se mostraran los esqueletos en la televisión. Aparte de eso, no hubo noticias alarmantes. Los periodistas afluyeron a Etiopía, desde donde, tras ser recibidos por los organismos de socorro que atendían a algunas personas famélicas, escribieron conmovedores informes. Pero los llamamientos en procura de ayuda fueron desproporcionados en comparación con la magnitud real del desastre.
 
Algunos organismos de socorro lo que hacen en realidad es invocar los desastres. Varios de ellos vaticinaron que las cosas podrían volver a estar tan mal como en los años ochenta, sin haber adelantado investigación alguna que sustentara tal afir mación. La Unión Europea y Estados Unidos prometieron inmediatamente cientos de miles de toneladas de ayuda en alimentos. Sólo entonces la Sra. Bertini, jefa del Programa Mundial de Alimentos, aportó más objetividad al debate, y afirmó que no se trataba de una hambruna, sino de una sequía. Los organismos de socorro que impunemente trataron de recolectar fondos exagerando la situación causaron un perjuicio a la causa de los necesitados y los periodistas apresurados lesionaron la credibilidad de su profesión.
 

Bajo la presión creciente de la competencia, la mayoría de los informes periodísticos ha sustituido el análisis por la propaganda barata. Mas aún, desde el final de la guerra fría, África ha perdido gran parte de su importancia estratégica y está atravesando por un período de marginación económica, lo cual está reduciendo sistemáticamente el interés en el continente. Para dar cuenta de los conflictos que allí ocurren, por ejemplo, en la República Democrática del Congo, o para dar una explicación sobre las diversas influencias que ejercen en este país los Estados vecinos de Ruanda y Uganda, se requiere que medie un interés de las salas de redacción y que se abra un espacio en los medios de comunicación. Sólo un puñado de medios, tales como algunos diarios críticos suizos y alemanes, cumple con estas exigencias.
 

También lo que tienen la responsabilidad de adoptar decisiones leen estos periódicos. Los funcionarios del Ministerio suizo de Asuntos Exteriores posiblemente se inclinan más a consultar información en el Neue Zürcher Zeitung , el Frankfurter Allgemeine o el Financial Times que en los periódicos sensacionalistas ampliamente disponibles pero con un cubrimiento escaso y fragmentario de las noticias.
 

  ¿Producen los medios de comunicación efectos preventivos?   

 
No parece que los medios tengan un efecto preventivo. Según afirman algunos, gracias a los informes críticos sobre el Presidente liberiano Charles Taylor, éste se vio obligado a adoptar una forma de gobierno relativamente civilizada y a no comportarse como un combatiente del monte tras haber sido elegido primer mandatario. Sin embargo, esos artículos no evitaron que en los años noventa desatara una brutal guerra de represión contra su propio pueblo. Tomar medidas preventivas es la misión de organizaciones de ayuda tales como el Comité Internacional de la Cruz Roja: entrevistas con funcionarios y oficiales, carceleros y señores de la guerra para evitar un deterioro aún mayor de la situación.
 

El ex enviado especial de las Naciones Unidas para Somalia, Mohamed Sahnoun, aportó una gran cantidad de ideas sobre la posibilidad de prevenir el estallido de conflictos. Llegó a la conclusión de que un artículo del New York Times ejercía mucho más efecto que diez de sus propios informes a Naciones Unidas en Nueva York. Pero incluso Sahnoum sobrevalora el verdadero poder de la prensa. La experiencia ha demostrado que es mucho menos costoso prevenir que, luego del conflicto o el desastre, tener que reconstruir. No obstante, ni las organizaciones de socorro ni la prensa parecen ser capaces de romper este círculo vicioso de destrucción, reconstrucción y nuevamente, destrucción. La tarea de los corresponsales extranjeros debería consistir en informar sobre las razones de fondo de este círculo vicioso.
 

  Christoph Plate es corresponsal en África de medios de comunicación suizos y alemanes. Vive en Nairobi, Kenia. Este artículo fue traducido del alemán al inglés por el CICR.



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