Colombia necesita ambición para responder a los retos humanitarios

09 marzo 2017

Christoph Harnisch

  

  Christoph Harnisch
  Jefe de la Delegación del CICR en Colombia

   

En 2016, presenciamos un hecho histórico para Colombia: la firma del Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno colombiano y las FARC-EP. Antes, a partir del cese al fuego unilateral, en julio de 2015, el número de personas afectadas por el conflicto descendió de manera significativa, lo que da cuenta del impacto que tuvieron las decisiones tomadas en la Mesa de Conversaciones.

Desde el inicio mismo de las negociaciones, el CICR recomendó no esperar que concluyeran para tratar de aliviar las consecuencias humanitarias del conflicto. El interés de las partes por dar respuesta al drama de las víctimas se manifestó en la decisión de implementar el desminado humanitario, las medidas inmediatas para la búsqueda de personas desaparecidas y la elaboración de un protocolo para la salida de los menores de edad que están en las filas de las FARC-EP.

Sin embargo, esta buena voluntad no se ha traducido en avances suficientemente sustanciales a lo largo de los últimos meses.

No hay excusa para postergar la implementación de lo acordado de manera pronta y eficaz.

Es momento de aumentar el nivel de ambición y responder a estos retos humanitarios con la contundencia que amerita el drama de millones de víctimas que ha dejado el conflicto.

Pero la puesta en marcha del Acuerdo no será suficiente para acabar con la violencia en Colombia. Construir un país en paz requiere del esfuerzo de  todos y tomará décadas.

En nuestro rol de intermediario neutral, seguimos dispuestos a apoyar las negociaciones entre el Gobierno y el ELN que, de concretarse, ayudarían a aliviar la situación de las comunidades que aún no han visto el optimismo de la paz reflejado en su vida diaria. La expectativa que generan estos nuevos diálogos es crucial, pero no es el final del camino.

La violencia armada en entornos urbanos, el confinamiento al que están sometidas poblaciones enteras en zonas controladas por grupos armados, las amenazas, los desplazamientos intraurbanos y las víctimas del fuego cruzado, son solo algunas manifestaciones de una violencia que no cesa.

Este es un creciente desafío en una sociedad que busca transitar de la guerra a la paz. Tenemos toda nuestra atención puesta sobre este fenómeno que provoca consecuencias humanitarias preocupantes.

Más de 40 años de presencia en Colombia nos dan razones para reforzar nuestro compromiso con las víctimas. Seguiremos trabajando junto a ellas, tanto en las zonas más remotas del país como en las ciudades en las que persisten las consecuencias de la violencia. 

Continuaremos recordando a todos los actores armados la importancia de respetar las normas y los principios humanitarios, con el anhelo de que los capítulos más tristes de la historia colombiana no se repitan.

Todos los días nos alienta ver la fuerza de personas que, a pesar de haber sufrido un conflicto tan prolongado como el colombiano, no pierden la esperanza de un futuro mejor en el que, por fin, todos entiendan que en la guerra no todo vale. 

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