Por qué esta radiante fisioterapeuta española era tan querida

29 septiembre 2017
Por qué esta radiante fisioterapeuta española era tan querida

La familia del Comité Internacional de la Cruz Roja recuerda a la fisioterapeuta española Lorena Enebral Pérez, de 38 años, una apasionada y dedicada profesional, muerta en Afganistán el 11 de septiembre.

Lorena tenía un trato con los niños que era mágico y era mágico porque sabía exactamente cómo tratarlos, incluso aquellos que tenían la discapacidad más difícil.

Los niños a los que atendemos tienen graves problemas físicos y cognitivos. Algunos no pueden interactuar con la gente, otros ni siquiera pueden sonreír. Pero a Lorena, eso no le planteaba ningún problema: ella los adoptó. Nadie más podía comunicarse con ellos como ella lo hacía, ni siquiera a veces los familiares más cercanos.

Solo Lorena.

Era una persona que sonreía todo el tiempo. Bromeaba con los pacientes. Hoy el centro de rehabilitación ya no es como antes. Todos nuestros colegas han cambiado. Los pacientes han cambiado. El recuerdo de Lorena ha quedado suspendido en el aire.

Era capaz de llenar de alegría dondequiera que llegaba. Cuando te veía, una amplia sonrisa se le dibujaba en el rostro. Era su forma de decirte hola. Y era así con todos sus pacientes. Hoy algunos de ellos ya no tienen a nadie que les sonría.

Le encantaba correr y a mí también, así que solíamos ir juntas, hablar y bromear. Cada vez que nos subíamos a la cinta de correr se burlaba de mí porque yo no era lo bastante veloz. Su energía era contagiosa. No era posible estar desanimada con Lorena, porque para ella todo tenía solución por más grave que fuera el problema. Así te sentías con ella.

Le gustaba Afganistán. De hecho, había prolongado su misión aquí. Cuando fuimos a la región de Panjshir –un paisaje de cuento de hadas de verdes colinas y aguas cristalinas– nos habría gustado correr libremente. En Mazar-e-Sharif, a Lorena le gustaba hacer escalada en el muro que tenemos, y la gente me decía que había escalado todas las rutas. Era muy buena.

Y generosa. Cuando llegué en mayo, todo era nuevo para mí y no conocía nada. Me preparó una cajita con comida, para que pudiera cenar. Por supuesto, no aceptó que le diera dinero.

De alguna manera, sabía hacer milagros en la cocina con las provisiones que había. En sus armarios no podía faltar ni chocolate ni queso. Nos enseñó con paciencia la receta del gazpacho, una especialidad española. Nos dijo que podíamos hacer trampa y agregar unos cubitos de hielo para enfriar el plato que estaba a temperatura ambiente, aunque en España esto sería inaceptable.

Parece una tontería decir que ella es inolvidable, pero lo que ha sucedido nos conmovió a todos los que la conocíamos, y somos muchos. Creo que nunca más será lo mismo. Cuando vas en misión con el Comité Internacional de la Cruz Roja, creas una relación especial con las personas. Mismo espacio, mismo trabajo, mismas dificultades, mismas alegrías.

Compartes muchas cosas. Hicimos buenas migas y nos hicimos amigas de inmediato, y es la primera vez que esto sucede y no sé cómo adaptarme a esta situación.

Eran las ocho de la mañana cuando nos enteramos de un tiroteo. La llamé a su número y le envié un mensaje de texto. No me respondió. Luego llamé a un fisioterapeuta del centro de Lorena que me confirmó lo del tiroteo con una voz entrecortada por el horror. Me puse a temblar, tuve que cerrar la puerta de mi oficina, quería salir y no pude hacerlo. Y luego tuvimos que esperar, esperar, esperar.

Mientras Lorena se encontraba en el hospital, todavía había esperanza. Pero entonces nos confirmaron su muerte. Al principio, me costó creerlo. Me desplomé y me puse a llorar desconsoladamente.

Muerta. A manos de un paciente que estaba en una silla de ruedas. Estoy triste y tengo rabia, pero trato de no juzgar.

Intento, en cambio, centrarme en el resplandor de Lorena. La otra noche, se quedó levantada hasta las dos de la madrugada para terminar de inscribirse en un curso de posgrado en Madrid en tratamiento neurológico para adultos y niños. Estaba planeando perfeccionarse en el futuro, ser aún mejor.

Fuerza, dedicación, energía, cariño. Cada vez que la veía, ese primer gesto en su rostro, el vozarrón que la caracterizaba, el abrazo cálido y la sonrisa. Lorena simplemente te envolvía con su presencia. Te llenaba de amor. Y así la recordaré siempre.

Este relato fue compuesto con las experiencias, los recuerdos y los sentimientos de los colegas del CICR Lucia Bernhard, Joelle Rizk, Suraiya Behbood, Silas Muriungi Mukangu y Margaret Dudgeon.

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