En Gaza, el agua no solo es sinónimo de vida, sino también de dignidad
Foto: CICR
A pesar del cese de hostilidades, el acceso al agua se ha vuelto muy difícil en Gaza. Esta situación complica la vida diaria de miles de personas, que se han visto forzadas a habitar espacios cada vez más reducidos, a casi tres años de la escalada del conflicto armado.
El agua en Gaza es un bien escaso y muy preciado.
El agua de mar contamina las fuentes de agua subterráneas, mientras que las aguas residuales contaminan el agua utilizada para beber, cocinar o lavar. A raíz de los daños y la destrucción generalizada que han sufrido las tuberías de distribución de agua, la población pasó a depender de camiones cisterna.
“Antes de la guerra, no teníamos estas dificultades”, señala Hanadi Al Aff, una madre de cinco hijos que ha sido desplazada y hoy vive frente a una planta desalinizadora rehabilitada en Ciudad de Gaza.
“Traemos el agua en baldes. Es agotador para nuestros hijos. En lugar de ir a la escuela y estudiar, tienen que andar cargando agua".
Foto: CICR
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Es muy común ver niños y niñas arrastrando baldes, que en algunos casos los superan en tamaño, caminando descalzos por calles polvorientas, detrás de camiones que llevan tanques de agua equipados con mangueras y grifos para su distribución.
La experiencia de Hanadi y su familia refleja la de más de dos millones de personas en Gaza, donde la zona segura para vivir y acceder a servicios esenciales, como el agua, es cada vez más reducida.
“Es un suplicio para toda Gaza, para las madres, para sus hijos…”, nos cuenta Hanadi.
“No tenemos suficiente agua para cubrir todas las necesidades de nuestra familia. Guardamos el agua y la reservamos para lo más importante: beber, cocinar y bañar a los niños. Si sobra, la usamos para lavar los platos y la ropa".
Ese tipo de decisiones difíciles —entre beber un vaso más de agua o reservarla para lavarse las manos y así evitar la transmisión de gérmenes— son típicas de una crisis de acceso al agua. En Gaza, esta crisis es dramática.
Foto: CICR
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Omar Shatat es vicedirector ejecutivo del Servicio de Aguas Municipal Costero, un prestador de servicios esencial que emplea a unas 350 personas en toda Gaza. “En todo el mundo se tienen que dar cuenta de que necesitamos asistencia urgente para salir de estas condiciones terribles y de la catastrófica situación en la que vivimos respecto del agua y las aguas residuales”, expresó.
Omar y sus equipos, con apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), mantienen la planta desalinizadora que se acaba de rehabilitar en Ciudad de Gaza, haciéndola funcionar de la mejor manera posible.
Omar dice que ofrecer agua de buena calidad es una manera de preservar la vida. “Estamos manteniendo su dignidad, para que puedan vivir en esta zona", expresa.
El desafío que tienen delante es enorme. Como Gaza da al mar, la mayor parte del agua disponible a través de pozos y perforaciones es salobre: una combinación de agua dulce y salada. Por ese motivo, no es apta para consumo, y por eso son tan esenciales las plantas desalinizadoras que potabilizan el agua.
El problema es que gran parte de la infraestructura necesaria para tratar, almacenar y distribuir el agua ha sido dañada o destruida —según estimaciones de Omar, en más del 80 %— o bien se halla en zonas poco seguras para la población.
Además, hay otras complicaciones. Se requiere electricidad para el funcionamiento de pozos y perforaciones, plantas desalinizadoras y estaciones de bombeo de aguas residuales.
“Hace más de dos años y medio vivimos sin suministro de electricidad en Gaza”, dice Omar. La población se ve obligada a utilizar generadores. El combustible y el aceite para hacer funcionar esos generadores, así como muchos de los materiales y la maquinaria que se necesitan para el almacenamiento y la distribución de agua, son escasos, y todo se complica cuando hay que repararlos o adquirir nuevas unidades.
A causa de todo ello, la producción de agua ha disminuido drásticamente, hasta llegar al 40 % de lo que era antes de octubre de 2023. La producción de agua independiente, es decir la que proviene de pozos, se redujo a menos de un tercio de lo que era.
En cuanto al agua para consumo e higiene, Omar dice que apenas pueden garantizar seis litros diarios por persona para toda Gaza. No solo no llega al mínimo recomendado por Naciones Unidas de 15 a 20 litros diarios por persona. Se encuentra por debajo de la línea mínima de supervivencia, que empieza en los 7,5 litros.
Muchas personas viven en tiendas de campaña, que en verano alcanzan temperaturas sofocantes; ante la amenaza de una inminente crisis de saneamiento producto de la falta de agua, la labor de Omar y sus colegas se vuelve más necesaria que nunca.
Husam Al Nunu es un ingeniero del equipo del CICR que trabajó con el Servicio de Aguas en la rehabilitación de la planta desalinizadora en Ciudad de Gaza, donde conocimos a Hanadi y a Omar.
Como parte de las obras, se perforó un pozo, se construyeron dos tanques de agua y un punto de carga para camiones cisterna, al tiempo que se reparó la maquinaria de desalinización. Hoy la planta produce, por hora, 40.000 litros, de los cuales 10.000 corresponden a agua potable para abastecer a 30.000 personas en toda Ciudad de Gaza.
“Esta planta desalinizadora es esencial, dada la falta de disponibilidad de fuentes de agua en la Franja de Gaza y la alta demanda de este recurso, sobre todo ahora que viene el verano”, comenta.
Husam dice que el acceso al agua es una cuestión de dignidad. Implica tener opciones y que no haga falta tomar decisiones difíciles solo para sobrevivir el día a día.
Para muchísimas familias en Gaza, cuando se trata del agua, no hay respuestas sencillas.