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Voces desde el bosque: mujeres desplazadas en la República Centroafricana cuentan su vida

31-07-2007 Reportaje

Los enfrentamientos que se suceden desde hace más de 18 meses entre las fuerzas armadas gubernamentales y los rebeldes han obligado a muchas familias encabezadas por mujeres a huir hacia las partes más remotas de los bosques que cubren la región noroeste de la República Centroafricana. Jessica Barry, delegada del CICR, describe la difícil situación de tres estoicas mujeres.

La hilandera de algodón

  La hilandera de algodón  

     
©ICRC /J. Barry 
   
Mariane Zanaba, retratada con sus familiares, trabaja incansablemente con el material de su oficio. 
         

Mariane Zanaba, una mujer de 65 años que es madre de seis hijos, procedente de la aldea de Zefio, en la zona central de la República Centroafricana, ha sido testigo de muchas de las crisis políticas que afectaron a su país en las últimas décadas. Hoy, sin embargo, ella misma es víctima del conflicto entre el Gobierno y rebeldes armados, que comenzó hace 18 meses en la región del noroeste y que ahora se ha extendido hacia el centro del país, en los alrededores de Kaga Bandoro.

" La vida es muy dura " , dijo hace poco la Sra. Zanaba a un visitante. " En los últimos m eses, pasé mucho tiempo en el monte con mi familia, cuando pensamos que la aldea sería atacada. También nos han robado nuestras pertenencias. "

El CICR proporcionó a la Sra. Zanaba esteras, mantas, palanganas y jabón. La Institución presta ayuda a unas 3.500 familias que viven en numerosas aldeas locales en condiciones precarias e inseguras, entre la estabilidad y la huida.

En su larga vida, Mariane Zanaba nunca se aventuró más allá de los campos de mandioca y cacahuate de la familia, ubicados en un claro del bosque, a pocos kilómetros de Zefio.

La continua incertidumbre de la vida de hoy la ha perturbado mucho.

La inseguridad en los alrededores de Kaga Bandoro ha trastocado la economía local y dificultado el comercio. Antes, los vendedores ambulantes acostumbraban recorrer los senderos del bosque en bicicleta, parando en cada aldea para vender sus mercancías. Tras las cosechas, venían los comerciantes a comprar los productos. Hoy, la vida de la aldea se ha detenido.

Pero la Sra. Zanaba tiene una ventaja: sabe hilar algodón. Su madre aprendió el oficio en una época en que prosperaba la industria algodonera en la República Centroafricana, y transmitió sus conocimientos a su hija.

Hoy, como tantas otras cosas en el país, la industria algodonera está en ruinas, pero ahora que ya no pasan por la aldea los vendedores ambulantes, los conocimientos de la Sra. Zanaba han cobrado valor.

" Vendo mi hilo a 300 CFA (francos de la Comunidad Financiera Africana) por carrete " , explica con orgullo. " Se usa para coser los bordes de las esteras de hierba que usamos para sentarnos y para dormir. "

Mientras la Sra. Zanaba se pasea por la aldea, sus manos trabajan constantemente, transformando una pelota de algodón crudo en un fuerte hilo blanco. Con el dinero que gana por cada carrete, que equivale aproximadamente a US$ 0,60, ayuda a su familia a sobrevivir de día en día.



La viuda de Gazao

  La viuda de Gazao  

     
©ICRC /J. Barry 
   
Hachille Monfere, con Sylvie, su hija menor, frente a los restos de su casa incendiada en la aldea de Gazao. 
         

Hachille Monfere Zango, una mujer de veinte años, se detuvo por un momento frente a su casa incendiada, y aseguró la tela con la que cargaba sobre la espalda a su hija Sylvie, de 10 meses. Miró el esqueleto vacío de la casa, con sus ennegrecidas paredes de ladrillos de barro, y puso en el piso las esteras, las mantas, el jabón, los utensilios de cocina y la lona que había recibido durante la distribución de artículos realizada por el CICR esa mañana, y se sentó en una pila de escombros a responder las preguntas de un visitante.

" Huí de este lugar en noviembre del año pasado, cuando comen zaron las hostilidades en la aldea " , dijo. " Escapé al monte con mis cuatro hijos. Más tarde, cuando volví a buscar a mi marido, encontré su cuerpo aquí, junto a la casa incendiada " .

Por desgracia, la experiencia de la Sra. Monfere no es la única de este tipo. Tampoco es exclusivo de ella el estoicismo que ha demostrado al afrontar condiciones de vida durísimas durante el período de más ocho meses que pasó en el bosque con sus cuatro hijos.

" No hay medicamentos, y comemos sólo hojas de mandioca " , siguió diciendo. " No tenemos agua limpia, necesitamos ropa, y llueve a menudo. "

La joven viuda también está preocupada porque, aunque algún día pueda regresar a su lugar de origen, no tiene dinero para reconstruir su casa.

Cuando huyeron de la aldea, Hachille y sus vecinos construyeron alojamientos provisionales cerca de sus campos de cultivo, en lo profundo del bosque. Allí, se sentían más seguros.

También estaban acostumbrados a ese modo de vida, porque es una costumbre local que algunos miembros de la familia se queden en los campos durante momentos importantes del ciclo de cultivo, como la época de plantar o de cosechar, a fin de poder trabajar a toda hora.

Pero esas estadías en el bosque nunca eran por períodos prolongados, y siempre se hacían por elección, no por necesidad.

A veces, la Sra. Monfere trabaja los campos de sus vecinos para ganar algo de dinero, pero el cuidado de sus niños ocupa la mayor parte de su tiempo.

Trata de no pensar mucho en el futuro.

En ese momento, su hija empezó a llorar. Hachille se levantó, equilibró las esteras, las mantas y los otros artículos sobre su cabeza, y se unió a una hilera de mujeres que llevaban atados similares y que se encaminaban hacia las profundidades del bosqu e.



La señora de las azadas

  La señora de las azadas  

     
©ICRC /J. Barry 
   
Bodoli, noroeste de la República Centroafricana. Eugenie Sendema posa con sus nuevas azadas. 
         

" Vivimos como animales, bebiendo la misma agua de río que ellos, y buscando comida igual que ellos " , exclama Eugenie Sendema, en un tono estridente que llama la atención de varias personas.

Era la primera vez que la Sra. Sendema volvía a su lugar de origen, Bodoli, en la parte noroeste de la República Centroafricana, desde que la aldea fue atacada 18 meses atrás. Todo ese tiempo, estuvo viviendo en el bosque. Había vuelto para recibir las azadas que el CICR distribuía ese día entre varios centenares de familias desplazadas, provenientes de numerosas aldeas abandonadas, en los alrededores de Paou a.

Blandiendo sus azadas, la Sra. Sendema, madre de cuatro niños, que dice tener 22 años pero que parece mayor, siguió con su perorata. " Estoy embarazada de ocho meses " , declaró, " y necesito medicamentos por si me enfermo. "

Cuando le preguntaron por qué no había vuelto a Bodoli hasta ahora, contestó simplemente: " Era demasiado peligroso. Nadie venía aquí. "

Esas palabras parecen resumir la situación.

Las hostilidades entre las fuerzas gubernamentales y los rebeldes armados se iniciaron en 2006 en los alrededores de Paoua, y trastocaron la vida de decenas de miles de personas comunes. Con el tiempo, los enfrentamientos se tornaron más violentos y se extendieron a través del país hacia el este, hasta alcanzar Birao.

Aunque en las semanas recientes, la situación se ha calmado un poco en el noroeste, la gente todavía se resiste a dejar el bosque, diciendo que no volverán a las aldeas hasta que hayan cesado los enfrentamientos entre el Gobierno y los rebeldes.

Al mismo tiempo, se sienten aislados en el bosque, y dicen que el espíritu comunitario que late en el corazón de la vida de las aldeas ha desaparecido. 

Pero tal vez, queda algún vestigio de ese espíritu. Cuando se le preguntó cómo se las arreglará cuando llegue el momento del parto, la Sra. Sendema pensó por un momento y respondió: " Le pediré ayuda a la partera de la aldea. "