De la Segunda Guerra Mundial a la Conferencia Diplomática de 1949

30-06-1999 Artículo, Revista Internacional de la Cruz Roja, por Jean Pictet

  Publicamos a continuación algunos extractos de un texto que Jean Pictet, Vicepresidente honorario del CICR, publicó en 1985 bajo el título "La formación del derecho internacional humanitario"[1]. Pictet fue uno de los principales artífices de los trabajos preparatorios y dirigió la delegación del CICR en la Conferencia Diplomática de 1949.  

     

     

  Jean Pictet, ex Vicepresidente del CICR, es uno de los principales arquitectos del derecho internacional humanitario. En un artículo titulado "La formación del derecho internacional humanitario, publicado en la Revista (No 67, enero-febrero de 1985, pp. 3-24), Pictet analizaba las ideas y fuerzas que dieron lugar a las exitosas negociación y aprobación de los cuatro Convenios de Ginebra de 1949.  

 
 

En los años que precedieron a la conflagración, el CICR, viendo los nubarrones que se cernían en el cielo político, intensificó su tradicional esfuerzo para desarrollar el derecho humanitario. El problema central era asegurar la protección de las personas civiles, que entonces sólo se beneficiaban de algunos an ticuados artículos del Reglamento de la Haya de 1907. La Primera Guerra Mundial ya había revelado la trágica insuficiencia de esas normas y el CICR propuso que se determinara la suerte de las personas civiles, al mismo tiempo que la de los militares, y elaboró, en este sentido, un proyecto para la Conferencia Diplomática de 1929. Pero las Potencias suprimieron de un plumazo este punto del orden del día. Se pensó que no haría buen efecto en un momento en que la joven Sociedad de Naciones hacia lo posible por instaurar la paz eterna, porque se vivía todavía en ese sueño.
 

Pero el CICR jamás se desanima. Hizo aprobar su texto en la XV Conferencia Internacional de la Cruz Roja de Tokio, en 1934, y ésta le encargó preparar, de acuerdo con el Gobierno suizo, la reunión de una Conferencia Diplomática para dar fuerza al « Proyecto de Tokio», como se llamó.
 

El Consejo Federal [suizo ] prestó en seguida su apoyo a la empresa y envió el Proyecto a los Estados como base de discusión. Pero tardaron las repuestas a la invitación suiza, con la misma culpable despreocupación, como en 1929, y solamente el año 1939 se fijó la fecha de la Conferencia Diplomática para principios de 1940. Era demasiado tarde; entre tanto, se había desencadenado la tempestad. [... ]
 

Desde los primeros días del conflicto, el CICR propuso a las potencias beligerantes poner en vigor, como modus vivendi, el Proyecto de Tokio, dejado de lado, como ya vimos. Ante la poca atención prestada, sugirió después aplicar, por analogía, a las personas civiles que se encuentren en territorio enemigo al iniciarse las hostilidades y que sean internadas, las disposiciones del Convenio de Ginebra de 1929 sobre el trato a los prisioneros de guerra. La s potencias consintieron en ello y, por eso, unas 160.000 personas civiles se libraron de la arbitrariedad y recibieron un trato aceptable. Era un éxito parcial, pero no desdeñable. [... ]
 

  II. La Conferencia Diplomática de 1949  

 
La Segunda Guerra Mundial acumuló más miserias y ruinas que ninguna otra. Después de la pesadilla, el primer renacimiento fue el del derecho. Por un lado, se organizó la paz, bajo la égida de las Naciones Unidas, y se elaboró la legislación de los derechos humanos. Por otro lado, siguiendo un rumbo próximo pero que, a pesar de muchos puntos comunes, sigue siendo distinto, se efectuó la refundición de los Convenios de Ginebra.
 

En el mismo instante en que enmudecieron los cañones, el CICR, artífice de este desarrollo desde su origen, reanudó la tarea. Procedió del mismo modo que para las empresas anteriores, que se llevaron a cabo, por término medio, cada 25   años, es decir, una generación.
 

Para lanzarse a tales empresas, es necesario, en primer lugar, creer y, después, querer, porque, como dice el proverbio inglés, "where there is a will, there is a way".     A continuación, como hizo con brío Henry Dunant en los comienzos, es preciso convencer a los responsables, y no es ésta la tarea más fácil.
 

Y luego,   hay que reunir una detallada documentación sobre las experiencias adquiridas en los conflictos. Desde hace más de un siglo, se asiste así a la marcha paralela de la acción y del derecho, una precediendo a la otra. Es preciso " pegarse " a los hechos; de lo contrario, sería una obra vana, alejada de las realidades. Se tienen también en cuenta las iniciativas tomadas por las organizaciones humanitarias, que han significado nuevos hitos en la lucha contra el sufrimiento.
 

Segunda etapa: el CICR elaboró proyectos de Convenios en colaboración con expertos internacionales, reunidos en conferencias preparatorias. Efectivamente, es necesario asociar, desde un principio, a los Gobiernos en esta obra, a fin de ganarlos para la causa y preparar la aprobación de nuevos instrumentos diplomáticos. También es necesario que el CICR sepa hasta dónde puede llevar las reivindicaciones humanitarias, porque retocar textos tan fundamentales es siempre un gran salto en lo desconocido. Los proyectos se someten también a la Conferencia Internacional de la Cruz Roja.
 

Después, se codifican los principios y la costumbre en forma de convenios internacionales. Más tarde, sobre esas bases ya sólidas, porque están ancladas en el suelo, la Cruz Roja desplegará sus actividades y emprenderá otras nuevas. Y el ciclo se reanuda, manteniendo en equilibrio estos dos elementos - el hecho y el derecho -, que se suceden y se prestan mutuo apoyo.
 

En la aprobación de tratados internacionales, todo depende, naturalmente, de los Estados que, mediante su firma y su ratificación, contraen compromisos solemnes, a los cuales deberán ajustar tanto su legislación como, así se espera, su comportamiento. Aprobar ciertos artículos clave representa, pues, para ellos una delicada decisión, cargada de consecuencias. Hay que comprender esto, pero hay que saber también que, por ello, el CICR no es responsable del texto final, por lo menos en su totalidad.
 

Por consiguiente, se entiende que el derecho humanitario está hecho, en gran parte, de concesiones obtenidas de los Estados, sobre todo de las grandes potencias. Para convencerlas, hace falta el apoyo de los pequeños y medianos p aíses, de las autoridades morales y de la opinión pública. Pero hay que saber mostrarse realistas en las propuestas presentadas. A veces, las potencias son reticentes y se siente, entonces, todo el peso del poder soberano. Así ocurrió, por ejemplo, cuando no querían obligarse por disposiciones sobre los " detenidos políticos " ni sobre las armas nucleares de destrucción masiva. [... ]
 

Los delegados en la Conferencia Diplomática demostraron ser, en general, personas de buena voluntad, no desprovistas de ideales. Por desgracia, aunque reciben el título de plenipotenciarios, no tienen un poder de decisión ilimitado. Antaño, en tiempo de los Frédéric de Martens y de los Louis Renault, los debates prolongados tenían todo su sentido, porque había una razonable esperanza de convencer a sus interlocutores. Pero, en nuestros días, actúan después de recibir instrucciones, que sin cesar solicitan por teléfono. Así pues, defienden, en primer lugar, los intereses inmediatos del poder constituido y no siempre tienen libertad para elevarse hasta el plano del interés general ni, sobre todo, para considerar las reivindicaciones procedentes de la otra " orilla " . [... ]
 

Sin embargo, en la Conferencia Diplomática de 1949, se manifestó un impulso unánime para remediar los inmensos males que el mundo acababa de padecer. Fue lo que permitió tener éxito en un solo período de sesiones, de cuatro meses y medio. Y algunos delegados realizaron, como presidentes de comisiones, ponentes o promotores de enmiendas, una labor admirable.
 
 

  Notas  

 
1. Jean Pictet, " La formación del derecho internacional humanitario " , RICR, no 67, enero-febrero de 1975, pp. 3-24, en particular pp. 5-11.



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