Ucrania: una habitación cálida y té caliente en un punto de control polémico

19 abril 2017
Ucrania: una habitación cálida y té caliente en un punto de control polémico
La casa de Nina Alexandrovna fue destruida por bombardeos cercanos al cruce de Stanitsya Luhanska. El CICR la ayudó a reconstruirla. C BY-NC-ND / CICR / Pieter-Jan De Pue

En medio del frío, temprano por la mañana, los voluntarios de la Cruz Roja traen leña y encienden un fuego en la pequeña instalación temporal que ofrece calor y comodidad en el borde de la línea del frente.

En la otra orilla del río Siverskyi Donets, en una instalación similar, otros voluntarios de la Cruz Roja hacen lo mismo con las personas que se hallan del otro lado.

La línea de contacto entre Lugansk -en Ucrania- y Stanytsia Luhanska -justo cruzando el río Siverskyi Donets- es una ruta esencial para el comercio. Durante años, los aldeanos del norte del río han cultivado hortalizas y frutas y preparado carne y productos lácteos para venderlos en Lugansk, una ciudad de 400.000 habitantes. Hoy en día, los productos pueden cruzar la línea sólo en este punto de control. Hombres contratados ayudan a quienes no pueden transportar sus mercancías por los escalones rotos del puente.

"Aquí, los pobladores están acostumbrados a pagar por todo", dijo Nina, voluntaria de la Cruz Roja de Ucrania. "Por eso, cuando se forma una fila delante de nuestro tráiler e invitamos a las personas a entrar, calentarse y tomar un té caliente, algunas dudan, porque no creen que sea gratis."

Cada día, unas seis mil personas cruzan el puesto de control, de las cuales trescientas se detienen en el punto de calor de Lugansk. Es temporada alta para los voluntarios: muchos visitantes tienen frío, otros necesitan un refrigerio y algunos tienen diabetes y necesitan que se les administre una inyección de insulina.

Voluntarios de la Cruz Roja local trabajan junto con el CICR en el punto de control en Stanitsya Luhanska. CC BY-NC-ND / CICR / Pieter-Jan De Pue

"Tengo una hermana que vive en Lugansk", dijo Nelia, una residente de Stanytsia Luhanska, de 73 años de edad. Se quita los guantes y se calienta las manos sosteniendo un vaso de té caliente. "La visito todas las semanas y, desde luego, me detengo aquí, tanto en mi camino de ida como de vuelta. En otoño tuve miedo. ¿Qué voy a hacer en invierno con veinte grados bajo cero? ¿Congelarme? Y nunca soñé que alguien pondría esta casita donde es posible calentarse y tomar té."

Los voluntarios ofrecen asistencia de salud, dicen a los viajeros qué documentos se requieren para cruzar al territorio no controlado por el gobierno y, a menudo, explican que los visitantes pueden obtener asistencia del CICR.

Cinco horas al oeste, la misma línea de contacto separa Svitlodarsk, una ciudad controlada por el gobierno ucraniano, de Debaltseve. La ciudad es lo suficientemente pequeña como para que la mayoría de las personas sepa de memoria el número de teléfono del hospital. Durante las hostilidades, el hospital atendió a los heridos y a los que simplemente estaban asustados.

"Recuerdo que, una vez, llevamos al hospital a un hombre cuya casa había sido alcanzada por un proyectil", dijo Olena, una enfermera. "Estaba paralizado por el miedo y gritaba todo el tiempo. Hicimos todo lo posible por ayudarlo, en vano. Él siempre respondía a nuestras preguntas con la misma frase: "¡Es aterrador, es aterrador!"."

"Una vez, un proyectil aterrizó al lado del hospital", continuó su colega, Natalia. Entonces, llevamos a los heridos al sótano. Era difícil y peligroso, y teníamos que actuar muy rápido. Y luego, cuando cada segundo contaba, una mujer se aferró a mi mano y gritaba: "¡No me abandonen!". En ese momento, me di cuenta de que cada hospital debería tener un psicólogo."

Residentes locales caminan por las calles de Svitlodarsk. CC BY-NC-ND / CICR / Anastasia Vlasova

Hace poco, una mañana helada, Olena, Natalia y once empleados del hospital se reunieron con un equipo del CICR que ofrecía capacitación en apoyo psicosocial. Farhana Javid, una delegada del CICR, se tapó el rostro con una bufanda y bromeó sobre su miedo a las heladas ucranianas. ¿Y si sus ojos se congelaban de repente, a veinte grados bajo cero? La charla sobre el tiempo frío pronto cedió el paso a una historia sobre lo amistosos que pueden ser los ucranianos.

"Aquí los pobladores son muy responsables y se esfuerzan por ayudarse mutuamente", dijo Farhana. "Es por eso que tenemos que explicarles qué es el estrés y cómo lidiar con él. Después de esos serán eficaces para ayudar a otros."

El personal del hospital admitió que, inicialmente, era escéptico a tal formación.

"Éramos bastante insensibles", confesó Natalia. "Un paciente venía, y en vez de hablar sobre su problema, comenzaba a compartir sus sentimientos. Era molesto. Ahora entendemos que las personas necesitan hablar, que todas las personas aquí sufren estrés."

Los médicos de hoy no se enfrentan a los complicados casos médicos que vieron durante las hostilidades. Pero las necesidades psicológicas han aumentado. La línea de control está dentro de la visión del hospital, y los habitantes viven con el temor constante de que reanuden los enfrentamientos. El personal del hospital ve los estallidos violentos de los pacientes, pero otros sólo muestran apatía o amargura. Los formadores del CICR lo tienen en cuenta al hablar sobre cómo identificar y ayudar a quienes sufren de estrés.

En las pequeñas ciudades del este de Ucrania, ir al psicólogo no es una práctica común. Sin embargo, no hay psicólogos internos en el hospital, por lo cual los médicos y las enfermeras escucharon atentamente todo lo que los formadores del CICR dijeron.

"Recuerdo que estaba sentada en el sótano, mientras los proyectiles explotaban en alguna parte del terreno. ¡Era aterrador!" dice Olena. "Y, entonces, algunas personas se me acercaron y empezaron a decir algo. Pensé: "¿Qué quieren de mí?" Ya es todo tan aterrador y ¡se me acercan! Pero ahora entiendo todo y, lo más importante, sé cómo encarar estos procesos."

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