¿Dónde están mis familiares? La búsqueda de seres queridos desaparecidos en los campamentos de refugiados más antiguos y más recientes de África
El año pasado, más de 1,2 millones de personas de la República Democrática del Congo (RDC) huyeron de sus hogares cruzando las fronteras. En Uganda y Burundi, donde visitamos campamentos de refugiados en noviembre de 2025 y marzo de 2026, conocimos a Furaha, Maryam, Anastasia y Michael. Comparten la misma historia marcada por la guerra y la huida, y también una pregunta: ¿dónde están mis seres queridos?
Con 145.000 refugiados, Burundi es el segundo país de acogida para los congoleños que huyen del conflicto, muchos de los cuales ahora viven en campamentos como el de Musenyi.
Furaha Salima estaba en casa, en su aldea, cuando oyó que los disparos se acercaban. Sin vacilar, hizo lo que cualquier madre haría: llamó a sus hijos y echaron a correr. Al llegar al río Rusizi, que separa la RDC de Burundi, vio una niña pequeña, que estaba sola. Nadie la reclamaba. Sin tiempo para pensar en nada más que su seguridad, Furaha la tomó de la mano y, juntas, vadearon el río y cruzaron a la otra orilla.
Llegó al campamento de Musenyi en febrero de 2025, con varios meses de embarazo, y dio a luz en la clínica del campamento. Hoy cría a seis niños en el campamento, mientras el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja busca a los padres de la pequeña que rescató junto al río.
"Todavía no encontramos a nadie", dice. "No estamos seguros de tener la dirección correcta".
Uno solo puede imaginarse lo que deben estar sintiendo los padres de la niña.
Furaha Salima huyó de la RDC con sus seis hijos y una niña no acompañada que encontró en el río.
Una pregunta que cruza las fronteras
En toda África, más de 1,2 millones de refugiados y solicitantes de asilo de la RDC han huido de su país. Más de la mitad se encuentran en Uganda y Burundi. Desde principios de 2025, la escalada de los enfrentamientos en la región oriental del país ha desplazado a centenares de miles de personas en toda la región.
Estas cifras son abrumadoras, pero las historias que se esconden tras ellas lo son aún más. El caos no solo desplaza a las personas, sino que separa a las familias. Una madre huye por un lado, un hijo por otro. Se cruzan fronteras durante la noche. Un teléfono se pierde, es robado o sencillamente queda sin batería, y ya nada vuelve a ser igual.
En el asentamiento de refugiados más antiguo de África y en algunos de los campamentos más recientes, surge la misma pregunta: ¿dónde están mis familiares? Y, muy a menudo, el mismo pequeño objeto se interpone entre la persona y la respuesta: un teléfono.
Burundi: los campamentos más recientes
Refugiados congoleños recogen leña en las afueras del campamento de Busuma, en Burundi.
Hace unos años, los campamentos de Musenyi y Busuma, dos puntos en el mapa de Burundi, no existían. Se instalaron usando láminas de plástico, en tierras bajas que se inundan cuando llueve. Fueron diseñados para algunos miles de personas y ahora albergan a decenas de miles. Más de 80.000 refugiados congoleños buscan ponerse a salvo en los campamentos superpoblados de Burundi. Aquí, el CICR colabora con la Cruz Roja de Burundi para prestar servicios humanitarios, desde el suministro de agua en camiones cisterna hasta medidas de desinfección, y para ayudar a restablecer el contacto entre familiares separados por el conflicto.
Maryam Batacoka llegó a Busuma en diciembre de 2025 con Promesse, su bebé. Había cruzado el río desde Luvungi, dejando atrás a dos de sus hijos, y buscaba a su tía, que había huido a Uvira. En el centro de conexión de la Cruz Roja, por fin pudo encontrarla.
"Mi tía está bien", dice. "Pero las condiciones de vida en el campamento son muy duras".
Maryam Batacoka llegó al campamento de Busuma en diciembre de 2025 con su bebé. Gracias al servicio de conexión del CICR, se pudo comunicar con su tía en Uvira y supo que estaba con vida.
A pocos metros de allí vive Annuarite Yamwaka, que quedó separada de tres de sus hijos al huir de los enfrentamientos. Dejó Lubarika en diciembre de 2025, se refugió en Sange, y luego cruzó el río para llegar a Burundi. Cree que sus hijos están en Bujumbura, la capital del país. Al igual que Maryam y miles de otras personas, acude al centro de conexión para buscarlos.
El año pasado se realizaron más de 10.000 llamadas a través de los centros de conexión de la Cruz Roja en Burundi.
Noemie Niyongere, empleada del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), ayuda a la refugiada congoleña Annuarite Yamwaka en un centro de conexión. Annuarite huyó de los enfrentamientos en el este del Congo y quedó separada de tres de sus hijos durante el desplazamiento.
Uganda: el campamento que viene escuchando desde hace décadas
A cientos de kilómetros al norte se encuentra Nakivale, el asentamiento de refugiados más antiguo de África. Existe desde 1958: un trozo de Uganda del tamaño de una ciudad mediana, con sus calles de tierra, mercados y lugares de culto, y con casi siete décadas de llegadas acumuladas en sus colinas. Aquí, el drama adquiere un tono diferente. No se trata de la urgencia de las nuevas llegadas, sino de la silenciosa acumulación de años de espera y de pérdidas.
Abarca 72 kilómetros cuadrados, y la distancia desde la entrada hasta la salida es de 34 kilómetros. Aquí viven personas de unas nueve nacionalidades: congoleños, burundeses, sursudaneses, somalíes, ruandeses, etíopes y otros, en un país que ha acogido a casi 1,9 millones de refugiados.
Aquí, la pregunta es la misma. Pero... la espera es más larga.
Uganda siguió siendo el principal país de acogida, con más de 640.000 refugiados y solicitantes de asilo congoleños. En el centro de conexión de la Cruz Roja en Nakivale, las personas cargan sus teléfonos móviles y acceden a servicios de wifi gratuitos para buscar a los familiares que perdieron durante la huida.
Michael Mugishu llegó de la RDC en 2025. Huyó con sus familiares y los perdió en el camino; un desconocido lo guió hasta que pudo llegar al asentamiento, solo. En su familia hay diez hijos, pero no tiene noticias de ninguno de ellos; ni de sus padres, ni de sus hermanos menores, ni de los mayores.
Viene al centro de conexión de la Cruz Roja para cargar su teléfono. Cuando termina la carga, usa el wifi gratuito y prosigue su búsqueda.
"He intentado aquí y allá", dice. "Pero no he encontrado a mi familia".
Michael Mugishu, refugiado de la RDC, llegó a Nakivale (Uganda) solo, tras huir de la guerra y quedar separado de sus padres y sus nueve hermanos.
Anastasia Heri, hija de una familia con diez hijos, huyó de Goma. Perdió el rastro de su familia durante la huida, y en el asentamiento le dijeron que uno de sus hermanos menores podría estar en un campamento cercano; no ha tenido noticias de sus padres.
"Todavía no he visto a mis padres", dijo.
En el centro de conexión, hace llamadas y busca. "Es una gran ayuda", dice. "Realmente me anima mucho la posibilidad de encontrar información sobre mis familiares, a quienes todavía no he visto". Siento que quizás mis padres siguen con vida".
Así son las búsquedas aquí: no una sola llamada dramática, sino un ritmo: cargar el teléfono, llamar, enviar mensajes, recibirlos.
En 2025, la Cruz Roja facilitó más de 17.000 llamadas telefónicas en Uganda.
Anastasia Heri huyó de Goma, en la RDC, y en el caos quedó separada de sus padres y hermanos. Viene al centro de conexión para llamar y buscar: "Siento que quizás mis padres siguen con vida", dice.
Los que responden
Jessica conoce este ritmo desde adentro. Llegó a Uganda de la RDC en 2018, y ahora trabaja como voluntaria en uno de los centros de conexión de Nakivale, ayudando a otras personas a hacer lo que antes tuvo que averiguar por sí sola: cómo restablecer el contacto con sus seres queridos.
Ve esta situación todos los días. Los niños llegan sin sus padres. Casi nadie puede acceder a los servicios en línea con su propio teléfono, por lo que las personas acuden al centro todos los días laborables para hacer las llamadas más importantes
"Los niños llegaron solos", dice. "Quieren contactar con sus padres para saber si siguen con vida o si han fallecido".
Jessica Caberuca llegó de la RDC en 2018 y ahora trabaja como voluntaria en el centro de recepción de Nakivale, ayudando a los recién llegados a comunicarse por teléfono con sus familiares. "Cuando nos dan las gracias, me siento feliz", dice.
Stewart Kukundapu nació en Uganda y coordina las actividades del programa en Nakivale, donde su equipo de voluntarios va de puerta en puerta. La mayoría de los voluntarios son también refugiados. Esto es intencional: hablan el mismo idioma que las personas a las que ayudan, y saben cómo se siente la separación porque la han vivido en carne propia.
"Los voluntarios han pasado por esto", dice. "Saben lo que significa ser un refugiado y estar separado de sus familiares".
Los servicios que ofrecen son sencillos. Una llamada gratuita de tres minutos para compartir noticias familiares. Un mensaje manuscrito de Cruz Roja transmitido a través de las fronteras por el Movimiento, cuando hay una dirección, pero no un número de teléfono. Una solicitud de búsqueda, cuando lo único que hay es el nombre de un lugar y una tenue esperanza. Un punto de carga y treinta minutos de wifi. Quizás todo esto parece sencillo, hasta que uno pierde a toda su familia..
Stewart Kukundapu, voluntario de la Cruz Roja de Uganda en el asentamiento de Nakivale, dirige los servicios de búsqueda y restablecimiento del contacto entre familiares en beneficio de los refugiados de nueve países.
La búsqueda continúa
La búsqueda de los familiares de la niña hallada junto al río continúa. Furaha cuida de ella junto con sus propios hijos mientras la Cruz Roja sigue buscando, investigando una dirección incierta tras otra.
En Musenyi, en Busuma, en Nakivale –campamentos muy distintos en cuanto a antigüedad, pero idénticos en sus preguntas sin respuestas– la búsqueda también sigue.
Una llamada, un mensaje, un teléfono recargado a la vez.
Cifras del informe 2025 de ACNUR
El año pasado, en todo el mundo, 5,4 millones de personas huyeron de la violencia y la persecución buscando refugio en otros países. Aunque África sigue gravemente afectada por los desplazamientos forzados, también brinda refugio a las víctimas.
Por ejemplo, en la República Democrática del Congo (RDC), la paz lleva décadas ausente y los conflictos armados, las crisis climáticas y las epidemias recurrentes se han combinado, creando una emergencia humanitaria aparentemente interminable.
Según ACNUR [1], en 2025 más de 3,9 millones de personas se desplazaron internamente debido al deterioro de las condiciones de seguridad y al conflicto actual en las provincias orientales de la RDC. A fines de 2025, 5,7 millones de personas seguían desplazadas dentro del país, mientras más de 1,2 millones se habían trasladado a países vecinos como Uganda y Burundi.
Para finales de 2025, Uganda había recibido a 1,9 millones de refugiados, convirtiéndose en uno de los principales países del mundo en acoger refugiados. De estos, más de 640.000 vinieron de la RDC, lo que representa un aumento del 16 por ciento respecto del año anterior, debido a la intensificación de la violencia en la región oriental del país.
Burundi, que en los últimos años fue el país de origen de cientos de miles de refugiados, ahora acoge a los que huyen del mismo conflicto. Esos refugiados viven en campamentos construidos apresuradamente en terrenos agrícolas bajos, que no se diseñaron para recibir a tantas personas.