Dos años en Siria: destrucción, sufrimiento y amor

Artículo 02 agosto 2018 Siria

Ingy Sedky.

La mujer siria sirvió un vaso de agua turbia y me lo alcanzó. "¡Bébala!", dijo mi anfitriona. Era un caluroso día de agosto en un refugio en medio del desierto. Miré fijamente las partículas negras suspendidas en el líquido.

"¿Usted bebería esta agua? ¿Dormiría en esta carpa?", me preguntó la mujer. "Yo solía tener una casa y una vida normal, como usted."

Pensé en lo que Om Rahaf acababa de decirme y me pregunté: "¿Qué pasaría si estallara un conflicto armado en mi ciudad natal? ¿Y si tuviera que huir por la fuerza?" Las guerras son inesperadas, y nadie es inmune a ellas. No podía solucionar la situación de esa mujer, pero podía lograr que más personas conocieran su historia.

Entre 2016 y 2018, fui portavoz para el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Siria. Parte de mi trabajo consistía en contar las historias de quienes sufrían las consecuencias de las numerosas batallas que se libraban en el país, desde Daraya hasta Alepo y desde Madaya hasta Guta Oriental.

Narrar las historias de las personas es una tarea ardua en el plano emocional, dado que lo que los protagonistas narran es su sufrimiento. En Siria, viví muchos momentos que llevaré en la memoria, no solo por la destrucción, sino por la resiliencia, la fortaleza y la esperanza que demostraron los habitantes de ese país.

Hay miles de momentos que no olvidaré, como este:

Antes de llegar a Siria, solía ver destrucción y mucho sufrimiento en las noticias. Verlo por televisión es escalofriante, pero verlo en persona es desesperante, no porque los ladrillos ahora sean polvo, sino por los detalles que asoman en medio de ese panorama, desde prendas de vestir femeninas que cuelgan de una ventana destruida hasta muebles tendidos sobre ladrillos. Una pizarra escolar exhibe la última lección que quedó escrita sobre su superficie. Uno se imagina el rostro, las facciones y las edades de las personas que estuvieron allí: "¿Habrán escapado o habrán quedado atrapadas debajo de los escombros? ¿Sus familias sabrán qué les sucedió?"

Los niños que nunca probaron un dulce
La niñez debería celebrarse saboreando dulces de vez en cuando. Sin embargo, el único dulce que probó el pequeño Mohamed, de Daraya, fue arroz molido con sukrin. "El sabor era amargo, pero no teníamos opción", me contó. "No podíamos ni siquiera soñar que olíamos galletas y, mucho menos, que las comíamos." Era muy común tener antojos de comida. Los niños me contaban que no recordaban el sabor ni de la leche ni de los huevos. Los más pequeños, que solo comían arroz, no sabían cómo se veían las frutas o el pollo.

La resiliencia de los sirios a pesar del desplazamiento
Cuando visité los refugios en Siria, muchas personas se acercaban para hablarme. La pregunta más común que me hacían era la siguiente: "¿Puede conseguirme trabajo?" Abo Omar era el propietario de una de las pastelerías más grandes de Duma. Sin embargo, en marzo de 2018, huyó con su familia hasta un refugio ubicado en la zona rural de Damasco. Con los escasos ingredientes que podía encontrar, continuó haciendo y vendiendo dulces. "No los hago por el dinero: para mí, no tener empleo está fuera de discusión. Esos dulces hacen felices a los niños del refugio, lo que me hace feliz a mí también."

Las personas que contagian amor
Fadia tenía un cuaderno lleno de poemas de amor. Cada vez que se intensificaban los bombardeos, escapaba de la realidad escribiendo acerca del amor, su familia, su ciudad y su novio. Cuando huyó, dejó todas sus pertenencias, excepto dos palomas queridas que llevó consigo durante algunos días. "Son parte de mi familia: no puedo deshacerme de ellas", afirmó.

Y lo más importante: los sirios que me ayudaron a seguir adelante
Miles de personas sufrieron a causa de la grave crisis humanitaria. Además del costo emocional que implica compartir el sufrimiento, sentí frustración con mi trabajo, en parte, por la falta de acceso a las personas necesitadas. Una de las cosas que me ayudaron a seguir adelante fue la amabilidad de los sirios. Sabiendo que yo estaba sin mi familia, algunas personas que vivían en zonas sitiadas o en refugios me enviaban mensajes de texto solo para preguntarme si estaba bien. Personas que desconocía empezaban a hablarme en cuanto se enteraban de dónde era yo. Me comentaban lo mucho que les gustaban las películas egipcias o evocaban sus visitas a mi país.

Ahora que me fui de Siria, quiero recordar su belleza.
Algunas palabras, como refugiados y violencia, suelen asociarse con Siria. No obstante, ese país también tiene un pasado glorioso y riqueza cultural. Guardo la profunda esperanza de que el país pronto retome la senda de la paz.

Durante mi estadía, comencé a recopilar fotografías antiguas que mostraban escenas de la vida cotidiana: familias disfrutando de un pícnic en Guta, visitando la costa durante el fin de semana, niños bailando danzas folclóricas en Alepo. Más allá del sonido de las bombas y de los lugares comunes en los que caen los medios de comunicación cuando se habla del sufrimiento de las personas, recopilar esas fotografías fue mi manera de sobreponerme a la crisis. Deseo recordar a Siria por siempre así: hermosa, festiva y rebosante de vida.

 

 
Mohammed con sus amigos
Mohammed con sus amigos CC BY-NC-ND / CICR / Ingy Sedky