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Los desplazados internos colombianos: historias y testimonios

03-09-2003 Reportaje

El desplazamiento es una experiencia angustiante que deja profundas huellas. Hemos querido reunir en este documento las palabras que los delegados del CICR en Colombia recogen con frecuencia y que dan testimonio de las causas y consecuencias de esta forma particular en que un conflicto armado afecta a la población civil.

Introducción

Por motivos de seguridad, se han cambiado los nombres y omitido cualquier dato que permita la identificación. Graffitti:

" Este viernes nos habíamos reunido en casa de Andrés con Alberto, Alfonso, Jesus, Roberto, Clara y yo, el mismo grupo de siempre. Yo soy el más joven, tengo 15 años y Roberto el cucho con sus 21 años... "

  20 años, viuda:  

" Tengo seis meses de embarazo, pero no tengo la alegría de una esposa recién casada que va a ser mamá... " Nada ni nadie:

" Me encontraba trabajando en mi finca, a una hora de mi casa, cuando de repente, escuché una balacera. Permanecí quieto y escondido en los cultivos hasta que no se escuchó nada más... " Huida:

" A inicios de febrero recibí una carta de un gobernador indígena, informándome que su comunidad se había ido jungla adentro para protegerse de los grupos armados que hacen presencia en el resguardo... " Café:

" Mi papá tenía una finca de café, en la subida a la Sierra Nevada de Santa Marta. Hace más de un año, la situación empezó a complicarse a raíz de la pelea entre las diferentes partes en conflicto que quieren controlar el paso a la Sierra... "

Hermanos:

" Yo vivía en el Alto Baudó hasta el miércoles 5 de febrero, día en que resolví dejar mi aldea para refugiarme en Quibdó... "

  Angustia:  

" El 29 de noviembre, salí de mi casa, acompañada de mi hija, para ir a visitar a mi hermana en El Vergel. Me pareci ó extraño no encontrar a nadie en el camino y que las puertas de las casas estuvieran cerradas. De repente, oí tiros y, después, vi hombres vestidos de camuflado. Opté entonces por dejar el camino y coger por una trocha... " Mileydi:

" Me llamo Mileydi, tengo 10 años. Vivía con mi mamá y mis dos hermanos en el departamento de Caldas. Mi papá se fue hace años; yo aún era chiquita... " Johana:

A sus 23 años, Johana es mamá de una gran familia. Casada a los 13 años, tiene dos hijos de 2 y 5 años y cuando murió su mamá hace un año, ella se hizo cargo de sus cuatro hermanos de 12, 9, 8 y 7 años. Nombre:

" El 15 de marzo del 2002, mi hijo mayor quien había salido de parranda con unos amigos la noche anterior, volvió a las 5 a.m. y se encontró con su padre que ya salía a recoger miel de las colmenas. Tenía que cumplir con muchos pedidos que le habían hecho para Semana Santa. José Francisco siempre ha salido temprano a trabajar, es un hombre muy juicioso y cumplidor, además no tenía ningún problema con nadie. Después de este día, nunca más supimos de él... "

     

   

   

Graffitti

 

Graffitti 
 
"Este viernes nos habíamos reunido en casa de Andrés con Alberto, Alfonso, Jesus, Roberto, Clara y yo, el mismo grupo de siempre. Yo soy el más joven, con 15 años, y Roberto el cucho, con sus 21.
 

Ahí estábamos recochando, echando chistes, haciendo planes para este fin de semana cuando alguién toco a la puerta; Andrés fue abrir a ver que era. Unos tres tipos en uniforme solicitaron usar el teléfono. Andrés les dio paso pero cuando ya estaban en la casa, sacaron pistolas y empezaron a dispararnos.

Roberto y yo nos salvamos de puro milagro; tengo una herida en la cara y Roberto en el pulmón. Es el único amigo que me queda, ya no queremos volver en la vereda.

Creo que hicieron esto porque el bando opuesto había dejado graffiti en la casa y los padres de Andrés no se habían atrevido a borrar las pinturas porque habían amenazado de muerte a quien las sacara. "

  Dice una delegada del CICR  

" Durante una de mis salidas en el Oriente Antioqueño, estaba tomando un vaso de leche en el bar de la pensión antes de ir a acostarme cuando escuché unos tres o cuatro disparos.

Una niña de aproximadamente cuatro años le preguntó a su mamá: " a quién mataron hoy ? " . Su mamá responde " A nadie, a un marrano. " .

Esa noche mataron a un señor a unos 500 metros de la pensión donde nos quedábamos. Así es Colombia ! "



20 años, viuda

 

20 años, viuda 
 
"Tengo seis meses de embarazo, pero no tengo la alegría de una esposa recién casada que va a ser mamá."
 
 
" Se me congeló la sonrisa el día que llegaron unos hombres a mi casa y preguntaron por mi esposo. Lo llevaron para conversar cerca a la casa y le pegaron dos tiros. Entonces, me fuí a vivir donde mis padres, en el pueblo. "
 
" Lloro mucho, pienso en mi bebé que jamás va conocer a su papá, pienso en su futuro, en cómo lo voy a criar. C. "
 
" En el pueblo, nadie entendió que pasó ni se puede explicar por qué mataron a una persona tan íntegra que no tenía vínculos con ninguna de las partes en conflicto. Después que mataron a mi esposo, y por la constante presencia de los grupos armados en la zona, muchos se fueron: es que llegan unos, después vienen los otros y quien siempre lleva el bulto somos los civiles. "

Nada ni nadie

 

Nada ni nadie 
 
"Me encontraba trabajando en mi finca, a una hora de mi casa, cuando de repente, escuché una balacera. Permanecí quieto y escondido en los cultivos hasta que no se escuchó nada más."
 
 
" Una vez que la situación se aparentaba nuevamente a lo normal, decidí regresar a casa a ver que había pasado. En el camino, me encontré con un vecino quien me dijo que un grupo armado se había llevado a mi hijo mayor. "
 
" Al llegar a casa, otro vecino me informó que el mismo grupo había matado a mi otro hijo de 17 años, acusándolo de pertenecer al bando opuesto, y a mi esposa quien había salido en su defensa. Los cuerpos yacían frente a la casa. "
 
" Más tarde este día, encontramos el cuerpo de mi hijo mayor que habían tirado en un potrero. "
 
" Enterré a mi familia, y salí de la zona rural para refugiarme en el casco urbano. Me da temor regresar a mi casa porque si vuelven estos hombres, ¿no me irían a matar? También, ¿qué haría yo sin mi esposa y mis hijos? Se necesita fuerza para trabajar en el campo y yo ya estoy en mis sesenta. No sé que hacer, ¡me he quedado sin nadie ni nada en el mundo! "

Armando, Antioquia



Huir

 

Huir 
 
El Río Micay es un paraíso de manglares a orilla del Pacífico donde conviven comunidades eperara, siapidara y afro-colombianas desde hace siglos.
 
"A inicios de febrero recibí una carta de un gobernador indígena, informándome que su comunidad se había ido jungla adentro para protegerse de los grupos armados que hacen presencia en el resguardo. Habían tenido tiempo de organizarse y cada quien se fue con sus pocas pertenencias, pero seguía el problema de la comida porque al dejar su aldea, también dejaron el frijol, la yuca, la papa china y el arroz.
 
 
Entonces nos fuimos a evaluar la situación y organizar una distribución de alimentos. De Buenaventura cogimos un bote y llegamos al Río Micay después de tres horas, subimos el río una hora más para encontrarnos con el gobernador indígena. Entonces nos subimos en una canoa porque el bote nuestro no podía seguir ya que el río estaba muy bajo. Al cabo de tres horas llegamos al lugar donde se habían instalado las 61 familias desplazadas.
 
Cuando llegamos, todo el mundo estaba atareado: estaban construyendo una escuela. Me sorprendió ver cómo ya habían construido cinco cambuches y también una cocina comunitaria en tan poco tiempo. Las comunidades indígenas son muy organizadas y solidarias, tal vez por eso logran superar estas situaciones tan duras con menos dificultades que otras víctimas del conflicto.
 
Cuando le pregunté al gobernador indígena por qué su comunidad se había desplazado me dijo que en enero habían sabido que hom bres armados se estaban dirigiendo hacia su aldea. Entonces los habitantes se fueron por la selva y efectivamente llegaron estos hombres y solamente encontraron casas vacías. Solamente pudieron robar la comida y otras cosas y se fueron. Anteriormente ya habían sido atracados por el río, en varias ocasiones, unos líderes indígenas. No se sabía por quién. Finalmente, dos miembros de la comunidad se habían unido a un grupo armado, y sucede que varios hombres de la comunidad afro-colombiana vecina, se fueron con el bando opuesto.
 
Por eso se fueron, antes de que acontezca algún drama y así alejarse de la violencia. "

Café

 

Café 
 

  "   Mi papá tenía una finca de café, en la subida a la Sierra Nevada de Santa Marta. Hace más de un año, la situación empezó a complicarse a raíz de la pelea entre las diferentes partes en conflicto que quieren controlar el paso a la Sierra. Pero bueno, uno aprende a convivir con ellos y a tener cuidado.  
 
Mi papá habló varias veces con los que están en el corregimiento para que autoricen la entrada de los cogedores de café para la cosecha, y para que podamos bajarla a Valledupar.
 
No sé que pasó pero, en diciembre mi papá se enteró que lo habían inscrito en una lista; entonces resolvió ir a explicarse con ellos. Volvió optimista porque había sido bueno el diálogo.
 
Sin embargo, unas semanas después, cuando él estaba volviendo a casa, se encontró con un grupo de ellos. Lo bajaron del carro y le dijeron que la próxima vez, tendrían que hablar. Mi papá no se preocupó mucho porque pensaba que las cosas ya habían quedado claras en el encuentro de diciembre.
 
El martes de la semana siguiente, tipo seis de la mañana, empezaron a darse plomo en la vereda. Atemorizados, mi papá y sus vecinos se fueron a la carrera para esconderse en el monte; desde allá pudieron observar que hubo un combate entre muchos hombres en prendas militares.
 
Cuando ya parecía más tranquilo, mi papá decidió volver a casa para cuidar de los animales y llevar los chivos al campo. Pensaba regresar antes de la noche, por si acaso... Los vecinos prefirieron quedarse quietitos hasta el día siguie nte.
 
Al irse, mi papá solamente les dijo de avisarnos si él no regresaba. Y fue mismo así. Al día siguiente nos llamó Don Efraín. Mi esposo y yo subimos de Valledupar al otro día, y empezamos a buscar mi papá; lo encontramos en un potrero a unos cien metros de la finca, tenía dos tiros, uno en la cabeza otro en el pecho.
 
Durante estas dos semana hubo muchos muertos en el sector, más de diez. Entonces la gente se fue para salvar su vida. "



Hermanos

 

Hermanos 
 

  "Yo vivía en el Alto Baudo hasta el miércoles 5 de febrero, día en que resolví dejar la aldea para refugiarme en Quibdó, la capital del departamento, a unas cinco horas en chiva. Me llamo Ana.  
 
La víspera, eran las 6 de la mañana, llegaron al pueblo unos integrantes de un grupo armado que opera en la zona y nos llamaron a todos a una reunión. Entre los asistentes estaba Andrés, mi hermano. Lo sacaron de la reunión y empezaron a maltratarlo, acusándole de colaborar con el otro bando. Andrés intento explicarse pero no lo dejaron. Lo mataron de un tiro de fusil en la cabeza. Dejó una esposa de 20 años y tres muchachitos.
 
Yo tuve más suerte: ¡salvé la vida! Pero me dejaron claro que me debía ir y que si echaban mano sobre mi p... hija, la iban a matar! Así dijeron.
 
Tengo 39 años y ocho hijos. Uno, que estudiaba en Quibdó, se fue con un grupo armado, el mismo grupo que me amenazó y mató a mi hermano. Y esta hija que se fue con el otro bando. ¡Se imaginan el día en que estos dos se encuentren frente a frente! ¡Que tristeza eso de la guerra!
 
Entonces, sin tener el tiempo siquiera de recoger una ropita, me fui con mis seis hijos menores, mi cuñada y mis sobrinos. Éramos 44 familias que preferimos irnos hacia Quibdó en vez de quedarnos a la merced de los grupos armados que desde el 2001 pelean por el control de la zona.
 
Las otras veces, la pelea no había llegado al pueblo y la gente se había escondido en sus fincas o en el monte hasta que pasara el momento crítico. A veces esperábamos hasta dos meses. Pero lo que sucedió ahora fue bravo: los dos grupos entraron en combates en el pueblo mismo, amenazaron a la gente e incluso mataron a uno. También un bando cogió a un enemigo y, después de matarlo y destrozarlo, lo tiraron al río. Esto ya era muy feo, así que decidimos huir del Alto Baudó. "

  En Quibdó, unos se hospedaron donde familiares, otros vinieron juntarse a los demás desplazados que fueron ubicados en un albergue temporal donde las condiciones son precarias debido al hacinamiento y la falta de asistencia médica. Una semana después de haber llegado a Quibdó, recibieron ayuda alimentaria del Comité Internacional de la Cruz Roja, y unas colchonetas para que se puedan acomodar mientras dure esta situación. En esta oportunidad la distribución de alimentos fue dirigida a un total de 211 personas que llevaban aproximadamente una semana de estar desplazadas.  

  Muchos de ellos aún no saben si podrán regresar a sus pueblos, la situación es demasiado volátil. Ana sí tiene una certeza:  

" Nunca regresaré a mi pueblo mientras estén estos grupos armados en la zona. Hoy encontré un refugio en Quibdó. ¿De qué voy a vivir? No lo sé pero, ¿qué opciones tengo? Estoy preocupada con los niños: no hay cupos escolares, ¿qué van a hacer todo el día? "



Angustia

 

Angustia  
 
" El 29 de noviembre, salí de mi casa, acompañada de mi hija, para ir a visitar a mi hermana en El Vergel. Me pareció extraño no encontrar a nadie en el camino y que las puertas de las casas estuvieran cerradas. De repente, oí tiros y, después, vi hombres vestidos de camuflado. Opté entonces por dejar el camino y coger por una trocha.
 
Mi hermana no estaba en su casa y, mientras la esperábamos, aparecieron unos cinco hombres vestidos de camuflado. Me dijeron que debíamos abandonar la vereda esta misma tarde o al día siguiente, que ellos habían llegado a hacer limpieza...
 
Nos fuimos entonces a la casa de unos conocidos. Allí encontré a mi hermana y a muchas otras personas que habían recibido la misma orden que yo. Una pareja había visto ejecutar a su hijo ese mismo día, y no paraba de llorar y lamentarse. Yo también perdí a mi compañero a causa de la guerra.
 
Tras pasar una noche en vela, decidimos marcharnos a Granada. No sabemos lo que nos depara el destino y, como están las cosas, regresar a nuestra tierra no es la solución. "
 
Este es uno de los tantos testimonios que escucharon los delegados del CICR al atender a las personas desplazadas de la zona rural de San Luis en el oriente del departamento de Antioquia, donde se desencadenó una nueva ola de violencia en noviembre pasado: unas 17 personas fueron muertas y cerca de 1.000 personas se desplazaron a causa de los combates o las amenazas.
 
Las personas civiles presencian, impotentes, la disputa territorial entre las partes en conflicto, y no tien en más remedio que elegir entre someterse a los que controlan el pueblo donde viven, con el riesgo de que se les considere como colaboradores, o desplazarse hacia un futuro incierto.
 
A fines de noviembre, el CICR prestó asistencia de emergencia –alimentos y artículos de primera necesidad–, a un total de 191 familias desplazadas en la cabecera municipal de San Luis y, el pasado 10 de diciembre, a 35 familias desplazadas en Medellín, capital del departamento.
 
De enero a septiembre de 2002, el CICR prestó ayuda, en todo el territorio colombiano, a unas 150.000 personas desplazadas o en zonas de conflicto, un número más elevado que el registrado para todo el año 2001
 
Muchas personas desplazadas engrosan los cinturones de miseria de las grandes urbes. Por consiguiente, es indispensable que, tras la fase de emergencia, el Estado y las organizaciones humanitarias les brinden apoyo en lo que se refiere a la educación, la vivienda y la salud, principalmente.

Mileydi

 

Mileydi  
 
" Me llamo Mileydi, tengo 10 años. Vivía con mi mamá y mis dos hermanos en el departamento de Caldas. Mi papá se fue hace años; yo aún era chiquita.
 
Mi mamá lavaba ropa. También preparaba arepas que vendía en la calle. Mi hermana mayor le ayudaba, después de salir del colegio. Una noche, llegaron dos señores a la casa. A mi mamá la regañaron, dizque era auxiliadora porque les lavaba la ropa a unos uniformados. También le dijeron que mi hermana no podía conversar con ellos, sino...
 
Entonces mi mamá decidió que nos íbamos a Bogotá, donde unos amigos que ella tenía. Al inicio lloré mucho. Cuando llegamos a Bogotá, los amigos de mi mamá nos prestaron una habitación. También recibimos ayuda de la Cruz Roja: nos dieron unas cositas para acomodarnos y también comida.
 
Donde vivimos es muy chiquito, todos los días toca recoger los colchones y guardar las cosas. Además, no podemos salir a la calle, dizque es peligroso. A mí, no me gusta Bogotá. Aquí no tengo amigos. Estoy aburrida; a mí me gusta el campo y el calor. Bogotá es muy fea, quiero volver pronto a mi casa. "
 
Mileydi y su familia, como 1.148 personas que, el pasado mes de enero, se desplazaron a Bogotá, a raíz del conflicto armado, se benefician del programa de asistencia de emergencia del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). En 2002, unas 180.000 personas en todo el país recibieron asistencia del CICR, un 60 % más que el año anterior.

Johana

 

Johana  
 

A sus 23 años, Johana es mamá de una gran familia. Casada a los 13 años, tiene dos hijos de 2 y 5 años y cuando murió su mamá hace un año, ella se hizo cargo de sus cuatro hermanos de 12, 9, 8 y 7 años.

El esposo de Johana tenía una finca en el departamento del Huila donde sembraba café, plátano y tomate, y criaba unos animales. Johana, además de cuidar de los niños y de atender la casa, también le daba una ayudita cuando le quedaba tiempo.

A mediados de julio del año pasado, llegaron unos hombres armados a la finca, pidiendo que su esposo se fuera con ellos y les diera informaciones. Como él se negó, los hicieron acostar a todos en el piso y los golpearon, especialmente al chiquito de 5 años, también amenazaron con matarlos a todos.

Entonces su esposo no tuvo opción sino irse con ellos. Sin embargo, al día siguiente volvieron a la a finca, quemaron la casa y dijeron a Johana que se fuera inmediatamente. Tuvo que salir corriendo con los 6 niños; no alcanzó siquiera a sacar documentos y ropa. Caminaron hasta la carretera principal donde un camión los recogió y les dejó en la Central de Abastos en Bogotá.

Nunca antes había estado en Bogotá. Afortunadamente, encontró gente buena que la ayudó: un señor le regaló 20'000 pesos; y una señora les brindó hospedaje durante mes y medio. Después se enteró que podía pedir ayuda al Comité Internacional de la Cruz Roja y empezó a recibir alimentos una vez al mes, eso durante los tres primeros meses.

Siendo una mujer de empuje, consiguió un trabajo tres días a la semana en la Central de Abastos, pelando cebollas. A veces la pagan, a veces le dan comida, que es lo importante para los niños, con la plata alcanza a pagar el arriendo de la piecita donde viven todos.

También, Johana consiguió matricular los niños en la escuela, con excepción de su hermano de 12 años que no quiso ir e insistió en ayudarla a rebuscar comida y ayudarle en la casa. Los niños están bien, a pesar de todo consiguieron adaptarse a sus nuevas vidas. Ahora sí, aún están muy temerosos; en diciembre con los fuegos artificiales, creyeron que los iban a matar y se pusieron a llorar, no entendían que era pólvora para celebrar.

Lo más preocupante es su hijo, al que le pegaron en la finca: basta que vea a un uniformado para que se esconda, pregunta mucho por su papá, que no se lo van a devolver, que lo van a matar. Necesitaría un apoyo psicológico, pero ¿cómo?

Johana también sufre mucho, extraña mucho a su marido. Desde el día que se fue con estos hombres, nunca más lo vio ni supo nada de él. Como está tan sola, quisiera buscar a su familia, pero cree que no la van a ayudar porque hace rato que perdió el contacto y no sabe nada de ellos. Esto es lo que más miedo le da: que su familia la rechace.

Finalmente, lo único que quiere es olvidar, que los niños se olviden de lo que pasó y que salgan adelante.



Nombre

 

Nombre  
 

Vivíamos en nuestra finquita donde mi esposo José Francisco se dedicaba a producir miel, teníamos varias colmenas en el campo.

Unos meses antes de la desaparición de José Francisco, yo me había radicado en Valledupar ya que mi hijo menor necesitaba seguir un tratamiento para una enfermedad nerviosa que no podían tratar en el pueblo. Al llegar a Valledupar conseguí un puesto como enfermera. Trabajaba de lunes a viernes y todos los fines de semana, volvíamos a casa para que la familia estuviera reunida.

Mientras yo trabajaba en Valledupar, José Francisco se quedaba con los otros dos hijos en casa. Aunque ellos se las arreglaban para cuidar de la casa mientras yo no estaba, a mi regreso los fines de semana dedicaba buena parte del tiempo a lavar, planchar y prepararles la comidita para la semana. No era fácil, vivir separados, pero, como era lo mejor para el niño, me conformaba con esta situación.

El 15 de marzo del 2002, mi hijo mayor quien había salido de parranda con unos amigos la noche anterior, volvió a las 5 a.m. y se encontró con su padre que ya salía a recoger miel de las colmenas. Tenía que cumplir con muchos pedidos que le habían hecho para Semana Santa. José Francisco siempre ha salido temprano a trabajar, es un hombre muy juicioso y cumplidor, además no tenía ningún problema con nadie.

Después de este día, nunca más supimos de él. Preguntamos por todas partes, recorrimos todo el municipio, organizamos la búsqueda con mucha gente, pagándoles comida y gasolin a. También fuimos a denunciar la desaparición ante la policía y la Defensoría del Pueblo; de allá nos mandaron al Comité Internacional de la Cruz Roja porque decían que es la única organización que puede hacer unas averiguaciones con los grupos armados. También hicimos llamados en la radio local del pueblo.

Pasaban los días y nada... Nadie daba razón de mi José Francisco. En el pueblo, todo el mundo estaba muy extrañado porque José Francisco es un hombre bueno, un buen padre de familia y buen vecino. Entonces, los vecinos se pusieron muy nerviosos y temerosos porque, si bien vivimos en una zona complicada, donde regularmente matan a la gente, mi esposo no le debe nada a nadie ni tiene nada que ver con nada de eso del conflicto.

Como pasaban los días y no aparecía, nosotros pensamos que se había ido por el Magdalena Medio para conseguir un mejor trabajo. Él ya había pasado varios años por esa zona y tenía muchos amigos. Entonces, con mis hijos, ahorramos una platica y mandamos a un primo a buscarlo, esto fue en enero de este año.   Esperábamos buenas noticias de nuestro familiar pero él no logró saber nada hasta la fecha. Todos nos preguntábamos ¿qué había pasado? ¿porqué se habría ido así? Él es un hombre muy bueno y estoy segura que nunca nos habría abandonado. Tengo mucha fe que él está vivo y que está bien de salud. Yo solo quiero que vuelva pronto.

Ahora la situación se me ha complicado, porque además de la desaparición de mi marido, la salud de mi hijo se ha empeorado. El niño va a un tratamiento psicológico pero eso sale muy caro; por fortuna los médicos del hospital me ayudan de vez en cuando. Mi solo salario no alcanza para el tratamiento del niño y los estudios de los dos grandes, ellos buscan un trabajo fijo pero la situación del empleo es muy precaria donde vivimos, además no recibimos ayud a de nadie.

Necesitamos que él regrese a casa, porque es muy difícil para una mujer sola.

Hace unos días me enteré de algo que me dejó muy preocupada: sucede que mi marido tiene el mismo apellido que el comandante de un grupo armado que opera en la zona.