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Medido en décadas: el interminable costo humano de las minas antipersonal y otros artefactos explosivos.

Siria, Alepo, 2026. Explosivos recolectados por personal especializado capacitado por el CICR durante una operación de remoción de armas en la aldea de Barlahin, en Alepo.
Magnum para CICR

Los equipos del CICR que trabajan en zonas contaminadas por armas observan situaciones que se repiten una y otra vez: los padres tienen miedo de permitir que sus hijos jueguen afuera o vayan caminando a la escuela, los agricultores no pueden cultivar sus terrenos en condiciones seguras, las familias no pueden regresar a los hogares de los que huyeron meses o años atrás. En muchos lugares, los artefactos explosivos ocultos en campos, caminos y escombros son la amenaza silenciosa que puede alterar la vida en un instante.

Las minas antipersonal se cuentan entre los peligros más persistentes. Diseñadas para estallar cuando alguien las pisa o las mueve, siguen activas largo tiempo después de finalizado el conflicto que llevó a colocarlas en la tierra. Mientras se acerca el 4 de abril, el Día Internacional de Información sobre el peligro de las minas y de asistencia para las actividades relativas a las minas, estas realidades nos recuerdan que el legado del conflicto no desaparece cuando cesan los enfrentamientos. Para millones de personas, la amenaza sigue presente, escondida en la tierra bajo sus pies.

Casi tres décadas después de su adopción, la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal sigue siendo una de las medidas internacionales más importantes para la reducción de este daño.

El mito de la ventaja militar

En ocasiones, el uso de minas antipersonal se ha justificado con el argumento de que son armas defensivas destinadas a frenar el avance de las fuerzas enemigas.

Sin embargo, la experiencia en conflictos anteriores muestra un marcado desequilibrio entre sus presuntos efectos militares a corto plazo y su impacto humanitario a largo plazo.

En 2003, durante la invasión de Irak, las fuerzas de la coalición encontraron grandes campos minados alrededor de Bagdad. Esos obstáculos se superaron en cuestión de horas.

Pero, años más tarde, las personas civiles siguen sufriendo heridas o muriendo a causa de esas mismas minas y artefactos explosivos que quedaron abandonados en el lugar.

Tigray, Hospital de Shire. Un miembro del equipo de rehabilitación física del CICR ayuda a un paciente a practicar la marcha con su prótesis.
Alyona Synenko/ICRC
Alyona Synenko/ICRC

Tigray, hospital de Shire. Un miembro del equipo de rehabilitación física del CICR ayuda a un paciente a practicar cómo caminar con su prótesis. En la región norte de Etiopía, las zonas rurales donde se libraron enfrentamientos intensos en los años pasados siguen altamente contaminadas por artefactos explosivos sin estallar. La contaminación por armas plantea riesgos graves para las personas civiles y, sobre todo, para los niños.

Un tratado que ha salvado vidas

Adoptada en 1997, la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal prohíbe el empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonal.

Sus efectos en el ámbito humanitario han sido considerables. El tratado ha ayudado a reducir el uso de estas armas a nivel mundial, ha logrado la destrucción de millones de minas almacenadas y ha facilitado la limpieza en gran escala de tierras contaminadas.

Desde 1999, 94 Estados han destruido más de 55 millones de minas antipersonal almacenadas (según Landmine Monitor 2025).

Gracias a estos logros, las comunidades han podido rehabilitar tierras agrícolas, reconstruir sus hogares y restablecer los servicios esenciales para la recuperación posterior al conflicto.

Quizás lo más importante es que la Convención ha contribuido a establecer una norma mundial de gran importancia: que no deben utilizarse armas que no pueden distinguir entre combatientes y civiles.

A pesar de ello, el peligro de los artefactos sin estallar sigue existiendo.

En 2024, al menos 6.279 personas resultaron muertas o heridas a causa de las minas antipersonal y otros restos explosivos de guerra. Alrededor del 90 por ciento de las víctimas eran personas civiles, y casi la mitad eran niños.

Dashkesan, Azerbaiyán. Un miembro del CICR realiza una sesión informativa con niños en una zona rural, explicando materiales educativos sobre los riesgos de las minas antipersonal y las municiones sin estallar, en un entorno montañoso.
Aida Aliyeva/ICRC
Aida Aliyeva/ICRC

Dashkesan, Azerbaiyán. El CICR organiza sesiones de sensibilización sobre riesgos y comportamiento más seguro para pastores y sus familiares sobre los peligros de las minas antipersonal y las municiones sin estallar.

La vida diaria no debería plantear amenazas letales para los niños

Para las comunidades que conviven con la contaminación por armas, las actividades habituales pueden transformarse en amenazas para la vida.

Los niños son particularmente vulnerables a los artefactos sin estallar, no solo por los lugares adonde van o donde juegan, sino también por su forma de ver el mundo.

En Irak, Sirwan Nabi tenía solo 16 años cuando recogió un objeto que encontró en el suelo porque "era hermoso... pequeño, como una pipa, amarillo y lustroso". El objeto explotó en su mano. Sirwan perdió el brazo y su vida cambió para siempre. Los momentos como este no solo causan lesiones devastadoras. Interrumpen la infancia.

Para muchos niños, las consecuencias se extienden mucho más allá de la explosión inicial. Su educación puede verse interrumpida de inmediato. Al perder la mano con la que escribía,

Sirwan tuvo que volver a aprender las habilidades básicas y quedó rezagado en la escuela. "Escribir me resulta difícil", explica. "Estoy tratando de no quedar atrás".

En las comunidades afectadas, puede suceder que los niños pierdan meses o años de educación, tengan que luchar para mantenerse a la par con sus compañeros o directamente abandonen sus estudios.

La vida cotidiana de las personas que no han sufrido daños directos también se ve afectada por la presencia de artefactos explosivos: limitan la circulación, restringen el juego y crean una constante sensación de riesgo.

Hoy, 52 países y territorios siguen afectados por minas antipersonal y otros restos explosivos de guerra (según Landmine Monitor 2025).

Un joven se encuentra sentado al aire libre, mostrando una prótesis en su mano derecha. Detrás de él se observan vehículos con el emblema de la Cruz Roja.
Avin Yasin
Avin Yasin

"Perdí la mano derecha, la mano con la que escribía", dice Sirwan Nabi, que tenía solo 16 años cuando un solo instante cambió el curso de su vida y puso un fin abrupto a su educación.

Las minas antipersonal "seguras" no existen

Hoy, algunos debates se centran en ciertos desarrollos tecnológicos, por ejemplo, las minas diseñadas para autodestruirse o desactivarse, como forma de reducir los riesgos humanitarios.

Sin embargo, el problema fundamental sigue siendo el mismo: las minas antipersonal son armas activadas por las víctimas. Explotan cuando alguien las pisa o las mueve, por lo que resulta imposible controlar quién sufrirá el daño que causan.

Además, en situaciones reales, esos mecanismos pueden fallar. Los factores ambientales como el clima, los movimientos de tierra o los daños pueden aumentar el riesgo de que las minas permanezcan activas por más tiempo del previsto.

Cualquiera sea su diseño, las minas antipersonal siguen creando los mismos riesgos: un peligro duradero para las personas civiles.

La amenaza más amplia de los residuos explosivos de guerra

Las minas antipersonal son solo una parte de un problema mayor que afecta a las poblaciones civiles en los conflictos armados.

Entre los restos explosivos de guerra también se cuentan los artefactos sin estallar y las municiones abandonadas durante las hostilidades. Esas armas pueden seguir siendo inestables e impredecibles durante años.

Las tasas de falla de las municiones explosivas varían según el tipo de arma y las condiciones en que se usan y pueden oscilar entre aproximadamente el 1 por ciento y el 40 por ciento.

Hasta las tasas de falla relativamente bajas pueden dejar numerosos artefactos sin estallar esparcidos en las ciudades, en las tierras de cultivo y en la infraestructura.

En la guerra urbana, los riesgos se multiplican. Debido a los edificios destruidos, los escombros y la infraestructura dañada, resulta mucho más complejo y peligroso detectar y retirar los artefactos explosivos.

Un hombre coloca cinta de señalización alrededor de un área delimitada en medio de vegetación densa, donde se observan objetos en el suelo, indicando una zona potencialmente peligrosa.
Boyongo Kaya
Boyongo Kaya

Destin Nalanda, especialista en contaminación por armas, se centra en gestionar los riesgos asociados con las municiones sin estallar en un área sensible, donde se colocan marcas para delimitar las zonas peligrosas. El propósito de esas marcas es prevenir accidentes alertando a los trabajadores sobre la presencia de lugares contaminados. Las marcas se renuevan periódicamente para garantizar la seguridad, sobre todo cuando se descubren nuevos artefactos peligrosos.

Proteger a la población civil durante y después de los conflictos

El derecho internacional humanitario exige que las partes en conflictos armados tomen precauciones para proteger a la población civil contra los restos explosivos de guerra.

Esas medidas consisten, entre otras, en trazar mapas de las zonas peligrosas, colocar marcas y vallas, eliminar artefactos peligrosos, alertar a las comunidades sobre los riesgos y apoyar la educación para ayudar a las personas a evitar el peligro de los artefactos explosivos.

La Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal refuerza esas medidas prohibiendo un arma cuyas consecuencias humanitarias han demostrado ser devastadoras y duraderas.

¿Sabías que...?

  • Antes de la Convención sobre la prohibición de las minas antipersonal, se estimaba que, cada año, entre 15.000 y 20.000 personas morían o resultaban heridas en todo el mundo a causa de las minas antipersonal (según Landmine & Cluster Munition Monitor 2004).
  • En 2024, 6.279 personas resultaron muertas o heridas a causa de las minas antipersonal y otros restos explosivos de guerra.
  • El 90 por ciento de las víctimas son personas civiles y el 46 por ciento son niños.
  • Hoy, 52 países y territorios siguen contaminados por minas antipersonal y otros restos explosivos de guerra.
  • Desde 1999, 94 Estados han destruido más de 55 millones de minas antipersonal almacenadas.
  • Las tasas de falla de las municiones explosivas pueden oscilar entre el 1 por ciento y el 40 por ciento, dejando tras sí artefactos explosivos peligrosos.